Pedro Sánchez vuelve a sacar pecho asegurando que tiene apoyos suficientes para seguir moviendo iniciativas en el Congreso y que piensa llegar a 2027 sin adelantar elecciones. Su determinación podría parecer admirable, pero a estas alturas muchos ciudadanos la leen más como una mezcla de obstinación y desconexión respecto al clima político que se vive fuera de La Moncloa.
Pedro Sánchez vuelve a sacar pecho asegurando que tiene apoyos suficientes para seguir moviendo iniciativas en el Congreso y que piensa llegar a 2027 sin adelantar elecciones. Su determinación podría parecer admirable, pero a estas alturas muchos ciudadanos la leen más como una mezcla de obstinación y desconexión respecto al clima político que se vive fuera de La Moncloa.
El presidente afronta un paisaje lleno de frentes abiertos: casos que salpican a antiguos colaboradores, investigaciones que rozan a personas de su entorno y una sensación, cada vez más extendida, de que el Gobierno está gastando demasiada energía justificándose y demasiado poca gobernando. Todo esto, mientras Junts rompe la cuerda del pacto alegando incumplimientos, y los Presupuestos siguen sin ver la luz tras tres años de bloqueo.
En la calle, la paciencia se ha ido agotando. La gente mira su sueldo, su alquiler, su cesta de la compra y se pregunta cómo puede hablarse de estabilidad cuando la vida cotidiana va cuesta arriba. La sensación de asfixia económica contrasta con un Gobierno que parece vivir en modo resistencia permanente, como si aguantar fuera, por sí solo, un mérito político.
Sánchez insiste en que la legislatura continuará como si nada, pero muchos ven en esa afirmación un empeño que roza la negación de la realidad. Un país no puede sostenerse únicamente en discursos optimistas ni en el relato de que todo está bajo control. Governar es asumir responsabilidades, enderezar rumbos y, cuando toca, reconocer errores.
La pregunta no es si Sánchez puede aguantar hasta 2027, sino si España puede permitirse otros tres años de un Gobierno atrapado entre promesas incumplidas, socios irritados y un desgaste creciente. Porque, al final, un país necesita algo más que aguantar: necesita que lo gobiernen de verdad.



