El clima político en España atraviesa uno de sus momentos más tensos de las últimas décadas. Basta escuchar conversaciones en la calle, en los medios o en las redes sociales para percibir un creciente nivel de cansancio y polarización.
El clima político en España atraviesa uno de sus momentos más tensos de las últimas décadas. Basta escuchar conversaciones en la calle, en los medios o en las redes sociales para percibir un creciente nivel de cansancio y polarización.
Pedro Sánchez se ha convertido en el principal receptor de ese malestar para una parte importante de la ciudadanía, hasta quienes lo defendían a capa y espada, ya no son tan fieles y han comenzado a dudar y a pedir su cabeza. Sus detractores consideran que ha agotado su crédito político y que cada nueva polémica agrava el desgaste institucional.
La política democrática necesita discrepancia, pero también confianza. Cuando la distancia entre gobernantes y gobernados se hace demasiado grande, la convivencia se resiente.
Por eso cada dirigente debería preguntarse no sólo si puede seguir gobernando, sino también si conserva la capacidad de unir y representar a una sociedad cada vez más dividida. Y en este sentido, el señor Sánchez ya no está capacitado para nada, ni siquiera para andar por la calle, ya que tanta es la crispación que le va a ser difícil poder andar con la cabeza alta por cualquier lado sin que le corran a gorrazos.
Así que no se lo piense más señor Sánchez, váyase, tómelo como un consejo que pese a no soportarlo le está aconsejando lo mejor, deje la política, dedíquese a otra cosa, quizás a la crianza de canarios o a la plantación de alpiste, pero descanse y deje descansar al pueblo español, pero eso sí, antes de hacerlo pida disculpas a todos los españoles por su nefasta gestión.