La política española vuelve a girar en torno a una palabra incómoda: responsabilidad. El Partido Popular ha exigido la dimisión del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, por supuestamente “encubrir” o “desconocer durante meses” una denuncia gravísima contra su mano derecha en la Policía Nacional. Los populares no se creen que el ministro se enterara ayer de la presunta violación que salpica a su entorno más directo. Y, sinceramente, cuesta no preguntarse cómo es posible que algo así pase desapercibido tanto tiempo en el corazón mismo del Ministerio.
La política española vuelve a girar en torno a una palabra incómoda: responsabilidad. El Partido Popular ha exigido la dimisión del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, por supuestamente “encubrir” o “desconocer durante meses” una denuncia gravísima contra su mano derecha en la Policía Nacional. Los populares no se creen que el ministro se enterara ayer de la presunta violación que salpica a su entorno más directo. Y, sinceramente, cuesta no preguntarse cómo es posible que algo así pase desapercibido tanto tiempo en el corazón mismo del Ministerio.
Aquí no hablamos de un error administrativo ni de un mal cálculo político. Hablamos de una acusación extremadamente seria que afecta a alguien de máxima confianza del ministro. Si Marlaska lo sabía y no actuó, el problema es evidente. Y si no lo sabía, el problema es casi igual de grave. Porque entonces estaríamos ante un fallo de control, de supervisión y de liderazgo difícil de justificar en quien dirige nada menos que Interior.
El PP ha lanzado una ofensiva política clara, sí. Pero más allá del rifirrafe partidista, hay una cuestión básica: la ejemplaridad. Un ministro no puede esperar a que la víctima le pida la dimisión. No puede refugiarse en tecnicismos ni en el “yo no sabía nada” como si eso cerrara el debate. Gobernar implica asumir responsabilidades, incluso cuando duelen.
A lo mejor no ha habido encubrimiento. Puede que no exista una maniobra oscura detrás. Pero lo que no parece aceptable es que alguien señalado por una denuncia tan grave haya podido “navegar a sus anchas” durante meses sin que saltaran todas las alarmas. Si el ministro no fue capaz de verlo o de actuar, la conclusión es sencilla: el cargo le viene grande. Y en política, cuando la confianza se resquebraja, lo más honesto es dar un paso atrás.


