Ione Belarra ha sido reelegida al frente de Podemos con el 90 % de los votos. En cualquier otra circunstancia, este resultado sería motivo de celebración, pero en este caso suena más a autoafirmación de una estructura encerrada en sí misma que a un verdadero respaldo popular. La frase con la que coronó su reelección —eso de que “el sueño húmedo del PSOE era suplirnos por una izquierda dócil”— es un ejemplo perfecto del victimismo que tan bien explotan algunos dirigentes morados cuando se quedan sin discurso.
Ione Belarra ha sido reelegida al frente de Podemos con el 90 % de los votos. En cualquier otra circunstancia, este resultado sería motivo de celebración, pero en este caso suena más a autoafirmación de una estructura encerrada en sí misma que a un verdadero respaldo popular. La frase con la que coronó su reelección —eso de que “el sueño húmedo del PSOE era suplirnos por una izquierda dócil”— es un ejemplo perfecto del victimismo que tan bien explotan algunos dirigentes morados cuando se quedan sin discurso.
Lo cierto es que Podemos ya no representa lo que prometía. Empezaron con el puño alzado y acabaron aferrados a los sillones, entre chalés y ministerios. Se presentaban como la nueva política, pero terminaron repitiendo las peores costumbres de la vieja. Y aun así, ahí siguen: Belarra, Montero, Iglesias, Monedero, Errejón… Cada uno por su lado o con nuevas siglas, pero siempre girando alrededor del mismo núcleo. Son, políticamente hablando, como esas cucarachas que uno intenta sacar de casa sin éxito: resistentes, persistentes y siempre encuentran un rincón donde esconderse.
Tienen una capacidad admirable para reinventarse. Cuando los echan por la puerta, vuelven por la ventana. Si los arrinconan en las encuestas, organizan congresos internos para convencerse de que aún hay esperanza. Y si no logran colarse en el Gobierno, culpan al PSOE, a los medios o al Ibex. Nunca asumen que, quizá, el problema esté dentro.
Este tipo de liderazgo que se retroalimenta en el aplauso de los suyos termina desconectado de la realidad. Porque mientras Belarra lanza dardos al PSOE, a la izquierda “dócil” y al mundo en general, lo cierto es que cada vez interesan menos a la gente de la calle. Una izquierda que no es capaz de autocrítica ni de sumar fuerzas termina siendo irrelevante.
Así que sí, resistir resisten, como las cucarachas. Pero una cosa es sobrevivir, y otra muy distinta es ser útiles. Y en eso último, la izquierda de salón que representan Belarra y compañía, hace tiempo que suspendió.