Que Óscar Puente diga que le piden la dimisión porque “hace muy bien su trabajo” suena a chiste de mal gusto cuando se pronuncia tras hablar de tragedias ferroviarias con decenas de víctimas. No es valentía política, es soberbia. Y la soberbia, cuando va acompañada de dolor ajeno, se convierte en cinismo.
Que Óscar Puente diga que le piden la dimisión porque “hace muy bien su trabajo” suena a chiste de mal gusto cuando se pronuncia tras hablar de tragedias ferroviarias con decenas de víctimas. No es valentía política, es soberbia. Y la soberbia, cuando va acompañada de dolor ajeno, se convierte en cinismo.
Durante años se han denunciado problemas estructurales en la red ferroviaria: falta de inversión, mantenimiento deficiente y decisiones aplazadas. Nada de eso es nuevo. Lo nuevo es que, tras accidentes gravísimos —uno de ellos entre los más duros de la historia ferroviaria reciente—, el ministro siga mirando al tendido como si no fuera con él.
Peor aún es que en sus comparecencias se haya instalado la sensación de medias verdades, silencios selectivos y explicaciones a medio gas. No contar todo, ocultar lo relevante o marear con tecnicismos no es rendir cuentas: es esquivarlas. Y hacerlo desde un escaño institucional resulta, como mínimo, indecente.
Cuando un cargo público se aferra al puesto a cualquier precio, ya no gobierna: se protege. Y ahí es donde Puente toca fondo. Si la responsabilidad política no existe ni ante tragedias así, quizá el problema no sea solo un ministro, sino un Gobierno entero que ha olvidado que dimitir también es una forma de respeto.