La Autopista Nacional
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No se puede ser más sinvergüenza. José Luis Ábalos, el exministro que se ha convertido en un símbolo de la desvergüenza política, vuelve a sorprender al país con una nueva maniobra de victimismo. Ahora acusa a la UCO de haberle bloqueado su cuenta de correo electrónico y, con toda la cara del mundo, pide al Tribunal Supremo que ponga fin a lo que él llama una “extralimitación”. Lo que resulta extralimitado, más bien, es su capacidad para eludir responsabilidades y seguir dando lecciones de ética a quienes sí cumplen la ley.

No se puede ser más sinvergüenza. José Luis Ábalos, el exministro que se ha convertido en un símbolo de la desvergüenza política, vuelve a sorprender al país con una nueva maniobra de victimismo. Ahora acusa a la UCO de haberle bloqueado su cuenta de correo electrónico y, con toda la cara del mundo, pide al Tribunal Supremo que ponga fin a lo que él llama una “extralimitación”. Lo que resulta extralimitado, más bien, es su capacidad para eludir responsabilidades y seguir dando lecciones de ética a quienes sí cumplen la ley.

Ábalos pretende hacernos creer que la investigación judicial que le salpica —y que se ha ganado a pulso— es poco menos que un abuso de poder. Es el mundo al revés: el político investigado que se presenta como víctima del sistema. Y mientras tanto, los ciudadanos asisten con incredulidad al espectáculo de quienes se agarran al sillón y al discurso del agravio como si la culpa siempre fuera de los demás.

El problema no es solo de Ábalos. Es de un modo de entender la política en el que la dimisión es una palabra extranjera y la vergüenza, un concepto en desuso. Cuando un exministro llega a cuestionar la labor de la Guardia Civil por hacer su trabajo, el daño no es solo institucional, sino también moral.

La gente está cansada de ver cómo los que deberían dar ejemplo se comportan como si estuvieran por encima de la ley. Y lo peor es que lo hacen con absoluta impunidad mediática, confiando en que el ruido acabe tapando la vergüenza. Pero esta vez no cuela. Porque cuando un político pierde la decencia, ya no hay correo bloqueado ni juez que lo salve del juicio más implacable: el de la opinión pública.

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Ceuta, Miercoles 29 de Julio del 2026

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