Las declaraciones de Ione Belarra comparando al Papa con un ayatolá a cuenta de su próxima intervención en el Congreso representan uno de esos momentos en los que la política abandona el terreno de la crítica razonada para adentrarse en el de la provocación fácil. Se puede discrepar del Papa, de la Iglesia y de cualquiera de sus posiciones, pero recurrir a semejante comparación no eleva el debate; lo empobrece hasta extremos preocupantes.
Las declaraciones de Ione Belarra comparando al Papa con un ayatolá a cuenta de su próxima intervención en el Congreso representan uno de esos momentos en los que la política abandona el terreno de la crítica razonada para adentrarse en el de la provocación fácil. Se puede discrepar del Papa, de la Iglesia y de cualquiera de sus posiciones, pero recurrir a semejante comparación no eleva el debate; lo empobrece hasta extremos preocupantes.
Lo más llamativo no es la crítica en sí, sino la ligereza con la que se lanza una acusación de semejante calibre. Equiparar al máximo representante de la Iglesia católica con líderes religiosos asociados a regímenes teocráticos y autoritarios demuestra una preocupante falta de rigor político. Cuando un representante público sustituye los argumentos por los eslóganes, transmite la sensación de que busca el aplauso de los convencidos antes que convencer a nadie.
Belarra parece haber olvidado que millones de españoles, y miles de millones de personas en todo el mundo, profesan la fe cristiana. Nadie está obligado a compartir sus creencias, pero sí debería exigirse un mínimo respeto institucional y cultural hacia una tradición que forma parte de la historia y de la identidad de buena parte de Occidente. La crítica es legítima; la caricatura constante acaba convirtiéndose en intolerancia disfrazada de progresismo.
Resulta paradójico que quienes suelen reclamar respeto para todas las sensibilidades sean a menudo los primeros en recurrir al desprecio cuando el destinatario de sus ataques es la Iglesia. Esa doble vara de medir erosiona la credibilidad de cualquier discurso que pretenda presentarse como defensor de la convivencia y la pluralidad.
La política española tiene problemas mucho más serios que resolver que escandalizarse porque el Papa pronuncie un discurso en el Congreso. Lo preocupante no es que Francisco tome la palabra; lo preocupante es que algunos dirigentes parezcan incapaces de responder con argumentos y opten por la exageración permanente. Cuando el ruido sustituye al razonamiento, la política pierde altura y los ciudadanos pierden confianza en quienes dicen representarlos.