Hay momentos en política que deberían estudiarse en las facultades de economía. No por su brillantez, sino como ejemplo de lo que no debe hacerse. El último episodio lo protagonizaron María Jesús Montero y Yolanda Díaz en una escena digna de un guión de comedia.
Hay momentos en política que deberían estudiarse en las facultades de economía. No por su brillantez, sino como ejemplo de lo que no debe hacerse. El último episodio lo protagonizaron María Jesús Montero y Yolanda Díaz en una escena digna de un guión de comedia.
La primera, con su habitual tono de profesora de parvulario, explicando que los trabajadores con el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) deben pagar IRPF porque, en realidad, eso les beneficia. La segunda, con cara de quien acaba de descubrir que el cuadrado de la hipotenusa no es un animal marino.
Montero se lanzó con entusiasmo a defender lo indefendible: que es una idea maravillosa quitarle dinero a los que menos ganan para luego devolvérselo, como si pagar impuestos fuera de un juego de anticipos sin consecuencias. Mientras tanto, Yolanda Díaz, que siempre se ha presentado como la defensora de los trabajadores, ponía gesto de estatua de cera que empieza a derretirse. Era evidente que en su cabeza se activaban todas las alarmas, pero, sin saber qué decir, optó por su mejor estrategia: mirar fijamente y asentir con la esperanza de que la tierra la tragara.
Lo llamativo de todo esto no es solo el sentimiento del argumento de Montero, sino que entre las dos ministras no suman un coeficiente intelectual funcional en materia económica. Son como dos estudiantes que se han presentado al examen sin haber abierto el libro, pero con una confianza desbordante. Y lo peor es que no es la primera vez que demuestra que la aritmética y la lógica no son lo suyo. Entre fórmulas fiscales que no entienden y discursos de cartón piedra, han hecho de la economía española un experimento peligroso donde los conejillos de indias somos los ciudadanos.
Al final, la única certeza que queda es que a estas ministras no se les da bien sumar, ni restar, ni multiplicar. Pero si de algo saben, es de dividir: a los ciudadanos entre los que pagan y los que viven del cuento.