Hay imágenes que lo dicen todo. Mientras el país lleva semanas pendiente de las informaciones sobre Barrabés, la SEPI, las investigaciones judiciales y los casos que salpican al entorno del PSOE y del Gobierno, Pedro Sánchez comparece y evita entrar en el fondo del asunto. Ni una explicación, ni una respuesta clara. En cambio, sí hubo espacio para recomendar a los ciudadanos que utilizaran gafas para ver el eclipse de sol. Cuesta no quedarse con una sensación de desconcierto.
Hay imágenes que lo dicen todo. Mientras el país lleva semanas pendiente de las informaciones sobre Barrabés, la SEPI, las investigaciones judiciales y los casos que salpican al entorno del PSOE y del Gobierno, Pedro Sánchez comparece y evita entrar en el fondo del asunto. Ni una explicación, ni una respuesta clara. En cambio, sí hubo espacio para recomendar a los ciudadanos que utilizaran gafas para ver el eclipse de sol. Cuesta no quedarse con una sensación de desconcierto.
Nadie pone en duda que proteger la vista durante un eclipse sea un buen consejo. El problema es el momento. Cuando sobre la mesa hay preguntas que millones de españoles llevan tiempo esperando que alguien conteste, salir por la tangente no parece la mejor manera de ejercer la responsabilidad que conlleva presidir un Gobierno. La gente no pide milagros, pide algo mucho más sencillo: que quien manda responda cuando las cosas se ponen feas. La ciudadanía pide que se les respete y no que venga este señor a reirse de todos los españoles, como viene haciendo desde que ocupó el sillón de la Moncloa.
Lo que termina cansando no es solo la acumulación de escándalos o de investigaciones. Lo que desgasta de verdad es la impresión de que siempre hay una excusa para no hablar de ellos. Un día es una agenda internacional, otro una comparecencia institucional y, esta vez, un eclipse. Mientras tanto, las preguntas siguen encima de la mesa y la sensación de que se intenta esquivarlas va creciendo. Y eso, guste o no, acaba pasando factura.
Gobernar también significa afrontar los momentos incómodos. De hecho, es ahí donde se mide la talla de un dirigente. Porque cuando un presidente elige hablar de cualquier cosa antes que de aquello que preocupa a los ciudadanos, corre el riesgo de parecer más interesado en evitar el desgaste político que en ofrecer las explicaciones que su cargo exige. Al final, por muchas gafas que recomiende para mirar al cielo, hay quien tiene la impresión de que el verdadero eclipse es el de la transparencia.