La indignación de los ciudadanos de Paiporta este domingo no fue un arrebato irracional ni una simple algarada avivada por ideologías extremistas, como el Gobierno se ha apresurado a insinuar.
La indignación de los ciudadanos de Paiporta este domingo no fue un arrebato irracional ni una simple algarada avivada por ideologías extremistas, como el Gobierno se ha apresurado a insinuar.
Los habitantes de Valencia, golpeados de lleno por una DANA devastadora que ha dejado un saldo de más de 200 muertos y cerca de 2.000 desaparecidos, salieron a la calle para expresar una frustración que se ha ido acumulando ante lo que perciben como un abandono absoluto. Ver cómo las máximas autoridades del país, incluido el presidente Pedro Sánchez y los Reyes de España, llegaban a la zona como si de una visita protocolaria más se tratara, cuando lo que esperaban era una respuesta rápida y solidaria, fue la gota que colmó el vaso.
Sorprende que, en lugar de asumir responsabilidades o de atender a la gravedad de los reclamos, el Gobierno prefiera señalar a la “ultraderecha” como la responsable de los disturbios. Esta acusación no solo resulta simplista, sino que desvía la atención de la cuestión central: la falta de empatía y acción concreta frente a una tragedia de esta magnitud. Atribuir el fracaso de la visita a una supuesta estrategia mal planeada por parte de La Zarzuela también deja en evidencia una tendencia a repartir culpas en lugar de afrontar la realidad.
El intento de Pedro Sánchez de escudarse tras la imagen de los Reyes no ha sido más que un acto de cobardía. La gente percibió, y no sin razón, que el presidente se protegía tras la institución monárquica para evitar el grueso de la crítica popular. Pero el enfado de la multitud fue directo y sin distingos; el presidente fue el blanco de una ciudadanía que se siente abandonada en sus momentos más oscuros, y la tensión no era hacia las cabezas coronadas, sino hacia quien consideran que debió liderar la respuesta.
Quizás lo que más molesta a los habitantes de Paiporta y Valencia no es solo el vacío de acción, sino esta incapacidad de autocrítica que está minando la confianza en las instituciones. Más que palabras y reproches hacia adversarios políticos o instituciones, lo que Valencia necesita ahora son acciones concretas, un apoyo sólido y una presencia que no se limite a un fugaz paso de comitiva oficial.
El Gobierno haría bien en escuchar, de verdad, lo que clama la calle y tomar nota de que la lección no es culpar a otros, sino asumir que la gente ya no tolera promesas vacías ni excusas. La lealtad a los ciudadanos debería primar sobre los temores a perder la popularidad, porque la gente necesita sentir que su Gobierno los defiende y responde. Y no le quepa duda, señor Sánchez, si al coche donde usted huyó le llega a fallar una bujía, lo hubieran arrasado como si de una riada fuese y sin avisar ni nada.