El MDyC ha puesto sobre la mesa una propuesta que, en realidad, no debería ser polémica: que la Asamblea rechace los discursos de odio y reafirme su compromiso con los valores democráticos. A estas alturas, defender la convivencia, el respeto y la pluralidad no tendría que ser una bandera partidista, sino un mínimo común compartido. Si la institución que representa a la ciudadanía no marca ese límite, ¿quién lo hará?
El MDyC ha puesto sobre la mesa una propuesta que, en realidad, no debería ser polémica: que la Asamblea rechace los discursos de odio y reafirme su compromiso con los valores democráticos. A estas alturas, defender la convivencia, el respeto y la pluralidad no tendría que ser una bandera partidista, sino un mínimo común compartido. Si la institución que representa a la ciudadanía no marca ese límite, ¿quién lo hará?
Ahora bien, más allá de la declaración institucional —que siempre es positiva—, convendría preguntarse si este rechazo no debería estar ya recogido de forma clara en el reglamento de la propia Asamblea. Porque las buenas intenciones están muy bien, pero lo que de verdad garantiza el respeto es la norma escrita y aplicable. Y si no lo está, habrá que impulsarlo sin complejos. Y si aun así no se cumple, tocará acudir a instancias mayores, es decir, a la ley, y denunciar cuando proceda.
Eso sí, tan importante como rechazar el odio es saber definirlo con precisión. No todo lo que incomoda es odio. No toda crítica dura es intolerancia. Vivimos tiempos en los que a veces se confunde disentir con atacar, y eso es un error peligroso. La democracia se basa precisamente en la confrontación de ideas, incluso de ideas que no nos gustan. Si ampliamos demasiado el concepto de “discurso de odio”, corremos el riesgo de convertir cualquier punto de vista incómodo en algo censurable.
Por eso, el reto es doble: firmeza frente a los mensajes que deshumanizan o incitan a la violencia, y prudencia para no cercenar la libertad de expresión. La Asamblea debe ser ejemplo de respeto, sí, pero también de pluralidad real. Blindar los valores democráticos no significa uniformar el pensamiento, sino garantizar que el debate, por intenso que sea, nunca cruce la línea de la dignidad humana. Ahí está la clave.