Es inaceptable que un lugar de prestigio y simbolismo como San Mamés se preste a ovacionar a un individuo que ha enarbolado el símbolo de ETA en el Everest. Estamos hablando de un homenaje a un sinvergüenza que decidió manchar la cima del mundo con la ikurriña ligada a un grupo terrorista que causó dolor, muerte y sufrimiento en España. Ovacionar a una persona que llevó el símbolo de unos asesinos sin escrúpulos no es solo un insulto a las víctimas, sino una afrenta a todos los que valoran la democracia y la paz.
Es inaceptable que un lugar de prestigio y simbolismo como San Mamés se preste a ovacionar a un individuo que ha enarbolado el símbolo de ETA en el Everest. Estamos hablando de un homenaje a un sinvergüenza que decidió manchar la cima del mundo con la ikurriña ligada a un grupo terrorista que causó dolor, muerte y sufrimiento en España. Ovacionar a una persona que llevó el símbolo de unos asesinos sin escrúpulos no es solo un insulto a las víctimas, sino una afrenta a todos los que valoran la democracia y la paz.
Resulta aún más indignante que la retransmisión del evento haya optado por esquivar la emisión de este "homenaje". ¿Es que acaso temen la reacción del resto del país? ¿O es que sencillamente prefieren mirar para otro lado ante la apología del terrorismo? El silencio cómplice de los medios solo añade más leña al fuego de la indignación. En lugar de repudiar la glorificación de unos asesinos, se pretende disimularlo.
San Mamés, un estadio que debería ser símbolo de deporte y unidad, ha sido ensuciado con esta ovación indigna. Cualquier espacio que permita una celebración de este calibre debe ser objeto de sanciones ejemplares. No se puede normalizar la exaltación de un símbolo vinculado al terror y al dolor de tantas familias.
El respeto a las víctimas y la defensa de la memoria no son negociables. Cerrar San Mamés y sancionar a los responsables del homenaje sería una respuesta justa y proporcional para quienes deciden rendir tributo a un sinvergüenza que jamás debió recibir reconocimiento alguno. Este tipo de actos no pueden tener cabida en una sociedad que aspira a ser justa y digna.