Mientras Europa, España y el Reino Unido ultiman un acuerdo histórico que cambiará para siempre la realidad de Gibraltar, en Ceuta vuelve a instalarse una sensación demasiado conocida: la de contemplar cómo las grandes decisiones pasan de largo mientras nuestra ciudad continúa esperando respuestas.
Mientras Europa, España y el Reino Unido ultiman un acuerdo histórico que cambiará para siempre la realidad de Gibraltar, en Ceuta vuelve a instalarse una sensación demasiado conocida: la de contemplar cómo las grandes decisiones pasan de largo mientras nuestra ciudad continúa esperando respuestas.
El futuro tratado sobre Gibraltar no solo supone un antes y un después para el Campo de Gibraltar. También evidencia que, cuando existe voluntad política, los problemas enquistados durante décadas pueden abordarse con decisión, diálogo e inversiones. La pregunta es inevitable: ¿por qué esa misma determinación nunca llega cuando se habla de Ceuta?
Nuestra ciudad sigue soportando problemas estructurales que se repiten año tras año. La dependencia casi absoluta del empleo público, las dificultades para atraer inversión, la presión fronteriza, el elevado coste de la insularidad de facto y la falta de grandes proyectos económicos continúan formando parte del paisaje cotidiano. Sin embargo, las soluciones siempre parecen quedar para mañana.
No se trata de reclamar privilegios ni de comparar realidades distintas. Se trata de exigir el mismo compromiso institucional que el Estado demuestra cuando considera que un territorio es verdaderamente estratégico. Porque si Gibraltar merece una hoja de ruta de futuro, Ceuta también.
Cada anuncio sobre el Peñón debería servir para recordar que esta ciudad necesita mucho más que promesas y visitas institucionales. Necesita decisiones concretas, inversiones sostenidas y una estrategia de Estado que vaya más allá de los titulares y de las fotografías oficiales.
Ceuta no puede seguir viviendo de planes que nunca terminan de llegar ni de anuncios que se repiten legislatura tras legislatura. El riesgo no es solo quedarse atrás respecto a Gibraltar; el verdadero peligro es que los propios ceutíes acaben resignándose a que su ciudad siempre ocupe un lugar secundario en las prioridades nacionales.
Y esa sería, sin duda, la peor de las derrotas.
