Pedro Sánchez vuelve a jugar con fuego. El presidente del Gobierno, acorralado por los escándalos y las sombras que rodean a su Ejecutivo, afronta ahora un nuevo frente en el Senado, donde tendrá que dar explicaciones sobre sus supuestos “negocios de Estado” y las sospechas que ya salpican a su entorno. Feijóo ha sido claro: si miente ante la comisión, estaría sumando un nuevo delito a la larga lista de tropelías que han manchado esta legislatura. Y no le falta razón.
Pedro Sánchez vuelve a jugar con fuego. El presidente del Gobierno, acorralado por los escándalos y las sombras que rodean a su Ejecutivo, afronta ahora un nuevo frente en el Senado, donde tendrá que dar explicaciones sobre sus supuestos “negocios de Estado” y las sospechas que ya salpican a su entorno. Feijóo ha sido claro: si miente ante la comisión, estaría sumando un nuevo delito a la larga lista de tropelías que han manchado esta legislatura. Y no le falta razón.
El problema es que a Sánchez parece darle igual. Su trayectoria está llena de giros, rectificaciones y medias verdades, que ya no sorprenden a nadie. Lo grave es que esa actitud de impunidad se ha convertido en marca de la casa: prometer una cosa, hacer la contraria y culpar a los demás cuando le pillan. Un manual perfecto del cinismo político, en el que la mentira se justifica como “estrategia” y la verdad se esconde tras el humo de los discursos.
Mentir en sede parlamentaria no es un desliz cualquiera. Es una falta de respeto a la democracia, al Parlamento y a todos los ciudadanos. Si Feijóo lanza esta advertencia, no lo hace por capricho, sino porque el país necesita recuperar la decencia política que Sánchez ha dilapidado a base de manipular, dividir y engañar. Ya no se trata solo de diferencias ideológicas, sino de dignidad institucional.
España no puede permitirse otro capítulo más de “sanchismo sin consecuencias”. Si el presidente vuelve a faltar a la verdad ante los senadores, no bastará con una disculpa ni con un titular amable. Ha llegado el momento de que alguien asuma responsabilidades. Porque un gobernante que miente a su pueblo no solo pierde credibilidad, pierde también el derecho moral a seguir gobernando.
