La Asamblea de Ceuta ha condenado de forma unánime los ataques sufridos por distintas sedes políticas en la ciudad. Y no es para menos. Las discrepancias ideológicas forman parte del juego democrático, pero cuando alguien decide convertir esas diferencias en actos de violencia, lo que realmente está atacando es la convivencia de todos.
La Asamblea de Ceuta ha condenado de forma unánime los ataques sufridos por distintas sedes políticas en la ciudad. Y no es para menos. Las discrepancias ideológicas forman parte del juego democrático, pero cuando alguien decide convertir esas diferencias en actos de violencia, lo que realmente está atacando es la convivencia de todos.
La política no debería convertirse en un ring de boxeo ni en un escenario para saldar cuentas. Es lógico y hasta sano que existan debates intensos y posturas opuestas, pero de ahí a trasladar ese enfrentamiento a las calles hay un abismo. Los partidos representan ideas y sensibilidades, y agredirlos a través de sus sedes es, en realidad, agredir a los ciudadanos que los respaldan.
Ceuta tiene suficientes problemas reales como para perder energías en este tipo de barbaridades. La falta de respeto no resuelve nada, solo alimenta un clima de crispación que no beneficia a nadie. Si algo debería unir a todos los grupos políticos, más allá de sus diferencias, es la defensa de la democracia como terreno común.
Ojalá que esta condena no se quede en un gesto formal y sirva para recordarnos a todos que la discrepancia no es enemistad, y que la crítica no debe convertirse en odio. Porque cuando se cruza esa línea, ya no hablamos de política, sino de intolerancia.
Las disputas pueden ser intensas, incluso duras, pero jamás deben dar el salto a la violencia. La democracia se cuida con palabras y con respeto, nunca con piedras ni ataques anónimos.