Ya ni sorprende. La noticia de que la UCO ha entregado al Tribunal Supremo un audio que implicaría a Santos Cerdán, número tres del PSOE y figura clave del “sanchismo”, en el cobro de comisiones ilegales, es otro ladrillo más en el muro de la desvergüenza. Lo grave no es solo el contenido de la grabación, sino la sensación de impunidad con la que actúan algunos responsables públicos del partido que hoy gobierna España. Esto no va de siglas, va de ética. Y aquí cada día se cruzan más líneas rojas sin que nadie asuma consecuencias.
Ya ni sorprende. La noticia de que la UCO ha entregado al Tribunal Supremo un audio que implicaría a Santos Cerdán, número tres del PSOE y figura clave del “sanchismo”, en el cobro de comisiones ilegales, es otro ladrillo más en el muro de la desvergüenza. Lo grave no es solo el contenido de la grabación, sino la sensación de impunidad con la que actúan algunos responsables públicos del partido que hoy gobierna España. Esto no va de siglas, va de ética. Y aquí cada día se cruzan más líneas rojas sin que nadie asuma consecuencias.
Porque lo de Cerdán no es un caso aislado. Es uno más en una lista que no para de crecer. Desde el caso Koldo hasta las sombras que ya sobrevuelan a varios ministros, el PSOE de Pedro Sánchez parece una fábrica de escándalos donde todo se tapa con propaganda y todo se justifica con una pirueta retórica. Mientras tanto, el presidente permanece en La Moncloa como si la cosa no fuera con él. Ni ceses, ni dimisiones, ni explicaciones. Como si gobernar un país fuera un derecho adquirido y no una responsabilidad que exige transparencia y ejemplaridad.
Pero lo más sangrante es la desafección que esta actitud está generando. Porque si los máximos dirigentes de un partido se ven salpicados por tramas turbias y nadie asume el coste político, ¿qué mensaje se le da al ciudadano honesto que cumple con sus obligaciones? ¿Qué se le dice al votante que confiaba en un proyecto que prometía regeneración? Que se aguante, parece. Que trague. Que no pregunte demasiado, que lo importante es “frenar a la derecha”.
En cualquier otro país serio, un escándalo de estas dimensiones bastaría para convocar elecciones anticipadas o, al menos, exigir responsabilidades claras e inmediatas. Pero aquí, en la España del sanchismo, la estrategia es resistir hasta que escampe, aunque el olor a podrido sea ya insoportable. Todo por el poder, aunque se les caiga el edificio encima.
Y lo peor de todo es que esta forma de hacer política no solo erosiona al PSOE, sino a la democracia misma. Porque cuando se normaliza la corrupción, cuando se pierde la vergüenza, ya no hay vuelta atrás. Y a este ritmo, pronto no quedará nadie en el Gobierno que no tenga que dar explicaciones ante un juez. Qué pena, y qué rabia.
