En este país, parece que cuando la responsabilidad se convierte en una carga incómoda, lo más fácil es abrir el ventilador y repartir culpas a discreción. La última jugada de la Fiscalía de Madrid, al pretender diluir las posibles responsabilidades de Álvaro García Ortiz en un batallón de 500 personas, es un ejemplo de manual. No estamos hablando de una investigación seria o de un análisis riguroso; estamos presenciando una maniobra para evitar que el foco se quede donde debería.
En este país, parece que cuando la responsabilidad se convierte en una carga incómoda, lo más fácil es abrir el ventilador y repartir culpas a discreción. La última jugada de la Fiscalía de Madrid, al pretender diluir las posibles responsabilidades de Álvaro García Ortiz en un batallón de 500 personas, es un ejemplo de manual. No estamos hablando de una investigación seria o de un análisis riguroso; estamos presenciando una maniobra para evitar que el foco se quede donde debería.
Es increíble cómo los políticos de este gobierno, y los que orbitan a su alrededor, han perfeccionado el arte del "es otro, no yo". No importa cuán evidente sea la responsabilidad, siempre hay un chivo expiatorio colectivo listo para el sacrificio. Aquí no hay asunción de errores, ni siquiera una pizca de decencia política. En lugar de responder con transparencia, se opta por arrastrar a medio mundo al barro.
Lo peor no es solo la falta de vergüenza. Lo preocupante es el mensaje que esto envía. Si 500 personas pueden ser señaladas con tal ligereza, ¿qué seguridad jurídica queda? Esta estrategia de diluir culpas hasta el absurdo no solo socava la confianza en las instituciones, sino que también convierte la justicia en una caricatura de sí misma.
Hay cosas que solo parecen ocurrir en España. Mientras en otros países los responsables dimiten ante la mera sospecha de irregularidad, aquí se organiza un espectáculo para esquivar el golpe. Y así, seguimos perdiendo credibilidad como sociedad. Tal vez sea hora de que quienes están en el poder entiendan que el ventilador no limpia, solo esparce la suciedad aún más lejos.
La ciudadanía merece respuestas claras, no excusas. Porque cuando todo el mundo es culpable, al final nadie lo es. Y eso, señoras y señores, no es justicia; es un fraude.
