Resulta, cuanto menos, desconcertante escuchar a los expertos hablar de cómo España, una vez más, ha desembolsado importantes sumas de dinero a Marruecos en aras de garantizar la seguridad en su frontera sur. Un titular que, leído desde la distancia, podría evocar imágenes de vallas infranqueables y flujos migratorios controlados. Sin embargo, la realidad que viven a diario los que residen a este lado del Estrecho, tanto en Ceuta como en Melilla, dibuja un panorama muy diferente.
Resulta, cuanto menos, desconcertante escuchar a los expertos hablar de cómo España, una vez más, ha desembolsado importantes sumas de dinero a Marruecos en aras de garantizar la seguridad en su frontera sur. Un titular que, leído desde la distancia, podría evocar imágenes de vallas infranqueables y flujos migratorios controlados. Sin embargo, la realidad que viven a diario los que residen a este lado del Estrecho, tanto en Ceuta como en Melilla, dibuja un panorama muy diferente.
Lejos de las grandes avalanchas que copaban titulares en el pasado, lo que presencian los habitantes de estas ciudades autónomas es una constante, un goteo incesante de entradas. No son oleadas masivas, cierto, pero sí un flujo diario y persistente de menores y adultos que, en grupos de 15, 20 y en ocasiones superando la treintena, cruzan la frontera. Es una realidad cotidiana, un pulso migratorio constante que, aunque no revista la espectacularidad de las avalanchas, sí genera una presión continua sobre los recursos y la capacidad de acogida de las ciudades.
Se nos dice que no hay avalanchas, y es técnicamente cierto. Pero esta afirmación, lanzada quizás para tranquilizar conciencias o maquillar una situación compleja, obvia la realidad palpable en las calles y en los centros de acogida. Un goteo constante, día tras día, termina por colapsar los sistemas, por agotar la paciencia y por generar una sensación de inseguridad e indefensión entre la población local.
¿Dónde queda entonces la efectividad de ese dinero invertido en seguridad? ¿Se traduce realmente en un control fronterizo eficaz o es simplemente una transferencia económica que no aborda la raíz del problema? Los que viven en la frontera y ven pasar a personas a diario, sorteando controles con una persistencia que desafía cualquier inversión millonaria, tienen serias dudas al respecto.
Es hora de dejar de lado los eufemismos y las medias verdades. Si se destinan fondos públicos a la seguridad fronteriza, la ciudadanía tiene derecho a conocer la efectividad real de esa inversión. Negar la realidad de las entradas continuas, aunque no sean "avalanchas" en el sentido estricto de la palabra, es faltar al respeto a los que viven en la frontera y sufren las consecuencias de una política migratoria que, a todas luces, necesita una revisión profunda.
Cuando se hable de los fondos destinados a Marruecos, sería honesto reconocer que, si bien las grandes avalanchas pueden haber disminuido, la presión migratoria persiste y se manifiesta de una forma diferente, pero igualmente desafiante. De lo contrario, la sensación que queda en el sur y en el norte es que se paga, y se paga caro, por una seguridad que, en el día a día, brilla por su ausencia. La verdad, por incómoda que sea, es el primer paso para abordar un problema que no se soluciona con titulares complacientes ni con negaciones de una realidad innegable. Y es que cuando se paga esa seguridad y siguen se hace un silencio PEGASUS.