El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha calificado como un “hito de relevancia” el primer paso de mercancías por la frontera de Melilla tras años de cierre unilateral por parte de Marruecos. Sin embargo, para muchos en España, este "logro" parece más bien un nuevo episodio en el que nuestro país sigue jugando el papel de fiel vasallo del régimen de Mohamed VI. ¿De verdad debemos celebrar la reapertura de una aduana comercial que nunca debió cerrarse?
El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha calificado como un “hito de relevancia” el primer paso de mercancías por la frontera de Melilla tras años de cierre unilateral por parte de Marruecos. Sin embargo, para muchos en España, este "logro" parece más bien un nuevo episodio en el que nuestro país sigue jugando el papel de fiel vasallo del régimen de Mohamed VI. ¿De verdad debemos celebrar la reapertura de una aduana comercial que nunca debió cerrarse?
No olvidemos que este cierre, decidido de manera arbitraria por Marruecos en 2018, fue una estrategia más de presión y chantaje hacia España. Mientras tanto, nuestro Gobierno, en lugar de exigir respeto y reciprocidad, parece dispuesto a contentar al monarca alauí con gestos que, en lugar de fortalecer nuestra posición, minan nuestra soberanía. Aplaudir ahora una concesión que debía ser un derecho pone en evidencia hasta qué punto estamos dispuestos a tolerar estas humillaciones.
Un verdadero “hito” sería que España recuperara su dignidad diplomática, estableciendo una relación bilateral basada en el respeto mutuo, no en la sumisión. Marruecos ha demostrado ser un maestro del tira y afloja, logrando beneficios a costa de una España que, con cada paso atrás, pierde credibilidad y peso en el tablero internacional. Esta política de cesiones constantes solo refuerza la percepción de que somos una marioneta en manos del reino vecino.
El problema no es abrir una aduana comercial, sino el contexto en el que esto ocurre. Marruecos sigue utilizando la presión migratoria, la cuestión del Sáhara y las decisiones unilaterales para salirse con la suya. Mientras tanto, el Gobierno español parece más preocupado por no incomodar a Rabat que por defender los intereses de nuestro país y de ciudades como Ceuta y Melilla, constantemente amenazadas por estas tensiones.
Celebrar este gesto como si fuera un triunfo es, cuando menos, un acto de ingenio. Si España aspira a ser un actor relevante en el Mediterráneo, debe dejar de bajar la cabeza ante Marruecos y empezar a exigir un trato justo y equilibrado. De lo contrario, lo único que seguiremos consiguiendo serán “hitos” que solo beneficiarán al tirano de Mohamed VI.