Cuando alguien ocupa un cargo público se espera que su conducta esté a la altura de las exigencias éticas y legales que conlleva representar a los ciudadanos. Íñigo Errejón, líder de Más País, parece haber olvidado esto al pedir aplazar su declaración por un presunto delito de agresión sexual.
Cuando alguien ocupa un cargo público se espera que su conducta esté a la altura de las exigencias éticas y legales que conlleva representar a los ciudadanos. Íñigo Errejón, líder de Más País, parece haber olvidado esto al pedir aplazar su declaración por un presunto delito de agresión sexual.
No estamos hablando de una cita cualquiera; se trata de un asunto grave que merece toda la transparencia y diligencia del mundo. Pero, al parecer, Errejón prefiere esquivar la responsabilidad, retrasando un proceso que debería ser prioritario, no solo para él, sino para la confianza en nuestras instituciones.
El aplazamiento no solo es un gesto cuestionable, sino que transmite un mensaje equivocado: el de que ciertos personajes políticos creen estar por encima del ciudadano común. ¿Qué diría el propio Errejón si el implicado fuera un rival político? ¿Acaso no exigiría que se compareciera de inmediato para esclarecer los hechos? Este doble rasero es inadmisible y mina la credibilidad del discurso moralista que tanto pregona.
Además, resulta preocupante la falta de explicaciones claras sobre los motivos para posponer su declaración. Si hay razones legítimas, debería exponerlas públicamente, como corresponde a alguien que ostenta un escaño en el Congreso. En cambio, este silencio genera suspicacias, dando pie a que se perciba su actitud como una táctica para eludir el escrutinio.
En momentos como este, lo que la ciudadanía espera es valentía, no dilaciones. Errejón tiene la oportunidad —y la obligación— de demostrar que está comprometido con los principios de justicia que defiende en sus discursos. Sin embargo, con este movimiento, lo único que consigue es alimentar la desconfianza hacia una clase política que parece más interesada en protegerse a sí misma que en rendir cuentas.
La política no puede ser un refugio para eludir responsabilidades, y los cargos públicos no deberían gozar de privilegios que les permitan retrasar su deber ante la justicia. Si Errejón realmente quiere liderar un cambio en la forma de hacer política, lo primero que debe hacer es dar ejemplo, enfrentándose a la situación con la transparencia y firmeza que esta exige.