Hay días en los que uno siente que la política nacional se ha convertido en un espectáculo más cercano a una serie de mafiosos que a un proyecto de país. Cuando desde lo más alto del poder se normaliza el regateo peligroso, el cálculo personal y el desprecio por las normas básicas del juego democrático, el olor a descomposición se vuelve difícil de ignorar.
Hay días en los que uno siente que la política nacional se ha convertido en un espectáculo más cercano a una serie de mafiosos que a un proyecto de país. Cuando desde lo más alto del poder se normaliza el regateo peligroso, el cálculo personal y el desprecio por las normas básicas del juego democrático, el olor a descomposición se vuelve difícil de ignorar.
No hace falta señalar a nadie con nombre y apellidos para percibir que ciertas decisiones buscan más el beneficio propio que el bien común. Y cuando esa dinámica se consolida, lo que se “pudre” no es solo un gobierno: es la confianza de la ciudadanía, que empieza a ver cómo cada paso responde a un trueque, una concesión o un silencio pactado entre bastidores.
Lo más inquietante es que la política empieza a adoptar una lógica casi mafiosa: todos se protegen… hasta que dejan de hacerlo. Quien conoce mínimamente cómo funcionan esas estructuras sabe que caen, no por presión externa, sino por las grietas internas. El tambaleo llega cuando los acuerdos secretos se convierten en cargas difíciles de sostener y los implicados empiezan a delatarse unos a otros para salvarse.
Este país no necesita más sombras, ni más pactos imposibles de explicar. Necesita luz, claridad y dirigentes capaces de poner el interés general por encima del cálculo partidista. No es pedir demasiado: es simplemente exigir lo que debería ser la base de cualquier gobierno que aspire a ser respetable.
Porque, si seguimos por este camino, no habrá titular sensacionalista que lo arregle ni gesto político que tape el hedor. Y cuando un sistema empieza a oler demasiado, ya sabemos cómo acaban las historias: no por un golpe desde fuera, sino por la implosión de quienes se creían intocables.