Lo de Jordi Turull es para nota. Ahora resulta que, según él, los andaluces se desgravan el gimnasio y el veterinario de sus mascotas “con el dinero de los catalanes”. Una afirmación que no solo es torpe, sino que además demuestra la obsesión enfermiza de cierto independentismo con ese supuesto expolio que nunca logran demostrar con seriedad.
Lo de Jordi Turull es para nota. Ahora resulta que, según él, los andaluces se desgravan el gimnasio y el veterinario de sus mascotas “con el dinero de los catalanes”. Una afirmación que no solo es torpe, sino que además demuestra la obsesión enfermiza de cierto independentismo con ese supuesto expolio que nunca logran demostrar con seriedad.
El Estado funciona con impuestos que pagamos todos, también los catalanes, claro está. Pero de ahí a vender la moto de que en Andalucía se malgasta lo que Cataluña “regala” va un trecho. Es olvidar que Cataluña también recibe fondos europeos, estatales y transferencias que benefician a sus ciudadanos. Esa solidaridad interterritorial no es un invento, es la base de cualquier país moderno.
Lo peor no es la ocurrencia en sí, sino el desprecio implícito a millones de ciudadanos andaluces, como si su bienestar fuera de segunda categoría. ¿Acaso las familias catalanas no tienen también mascotas, no van al gimnasio, no necesitan deducciones fiscales? El argumento se desmonta solo: lo que aplaude en Cataluña lo desprecia si ocurre en Sevilla, Málaga o Cádiz.
Al final, el independentismo de manual vive de este victimismo barato. Y lo curioso es que cuanto más exageran el discurso, más se retratan. Porque mientras Turull anda preocupado por los perros y los gimnasios de Andalucía, en Cataluña siguen pendientes de resolver problemas mucho más serios: listas de espera, falta de plazas en residencias y becas comedor que no llegan. Menos cuentos y más gestión.