Llamar “errores” a lo que huele a abuso, corrupción y fraude es un truco viejo: minimizar para esquivar responsabilidades. Señor Sánchez, cuando un Gobierno acumula causas judiciales, investigaciones abiertas y sombras persistentes, no hablamos de despistes, hablamos de ilegalidades. Cambiar el nombre no cambia los hechos.
Llamar “errores” a lo que huele a abuso, corrupción y fraude es un truco viejo: minimizar para esquivar responsabilidades. Señor Sánchez, cuando un Gobierno acumula causas judiciales, investigaciones abiertas y sombras persistentes, no hablamos de despistes, hablamos de ilegalidades. Cambiar el nombre no cambia los hechos.
Decir que “a los españoles les renta este Gobierno” es una frase bonita para el mitin, pero hueca para la calle. ¿A quién le renta exactamente? Desde luego, a quienes ven cómo se alargan los escándalos mientras se pide paciencia y se promete normalidad. La normalidad no es gobernar con la justicia respirándote en la nuca.
El problema no es solo lo que se ha hecho, sino la forma de afrontarlo: victimismo, cortinas de humo y un discurso que pide fe ciega. Aquí no hay fe que valga; hay explicaciones pendientes y responsabilidades que asumir. La ética pública no se negocia ni se maquilla.
Si de verdad cree en la democracia, el camino es claro: asumir, dar la cara y apartarse. Porque este Gobierno no “renta” al país; se renta a sí mismo. Y España no merece un Ejecutivo que confunda la crítica con ruido y la rendición de cuentas con un simple “error”.