Mire uno donde mire, el Gobierno de Pedro Sánchez parece estar rodeado de sombras. Casos de enchufes, contratos bajo sospecha, amistades incómodas y silencios que pesan más que las palabras. Se prometió un “Gobierno ejemplar”, pero la realidad huele más a supervivencia política que a regeneración. Y mientras Sánchez se multiplica en platós y cumbres internacionales, en casa se le acumulan los charcos que ya no puede esquivar.
Mire uno donde mire, el Gobierno de Pedro Sánchez parece estar rodeado de sombras. Casos de enchufes, contratos bajo sospecha, amistades incómodas y silencios que pesan más que las palabras. Se prometió un “Gobierno ejemplar”, pero la realidad huele más a supervivencia política que a regeneración. Y mientras Sánchez se multiplica en platós y cumbres internacionales, en casa se le acumulan los charcos que ya no puede esquivar.
El discurso oficial es siempre el mismo: “no hay nada”, “todo es un ataque de la derecha”, “la oposición manipula”. Pero los hechos están ahí, y la hemeroteca no perdona. Desde las polémicas del entorno más cercano hasta las concesiones políticas a socios con causas judiciales, el panorama invita más a la desconfianza que al aplauso. La sensación es clara: el poder ha pasado de ser un instrumento al servicio del ciudadano a un refugio para resistir a toda costa.
Y mientras tanto, los ciudadanos asisten a este espectáculo con un cansancio que ya roza la indiferencia. Porque cuando cada semana aparece un nuevo escándalo, lo anómalo deja de parecerlo. Se instala la idea de que “todos son iguales”, y eso, precisamente eso, es el triunfo más peligroso de la corrupción: hacer que bajemos los brazos.
El problema no es solo moral, sino político. Un gobierno que no se mira al espejo, que confunde crítica con ataque, y que tapa los errores con propaganda, acaba alejándose del país real. El mismo país que paga impuestos, que lucha por llegar a fin de mes y que, encima, debe soportar que le tomen por ingenuo.
España merece más que titulares y giros de guion. Merece verdad, coherencia y responsabilidad. Porque gobernar no es resistir, y la honestidad —aunque parezca una palabra antigua— sigue siendo la base de cualquier democracia que aspire a durar.