Pedro Sánchez promete a la militancia que agotará la legislatura hasta 2027 y les pide cabeza alta, valentía y determinación. El problema es que fuera del auditorio, en la calle, lo que muchos piden es algo mucho más simple: explicaciones. Porque mantener el poder no es lo mismo que gobernar, y resistir no equivale a convencer.
Pedro Sánchez promete a la militancia que agotará la legislatura hasta 2027 y les pide cabeza alta, valentía y determinación. El problema es que fuera del auditorio, en la calle, lo que muchos piden es algo mucho más simple: explicaciones. Porque mantener el poder no es lo mismo que gobernar, y resistir no equivale a convencer.
España lleva años con la sensación de estar en piloto automático. Presupuestos encallados, apoyos parlamentarios cogidos con pinzas y una dependencia constante de socios que no creen en el proyecto común del país. Todo vale si suma un voto más, aunque eso implique cesiones que muchos ciudadanos consideran inaceptables y difíciles de justificar.
Mientras tanto, los servicios públicos se resienten. La sanidad va justa, la educación acumula problemas y el coste de la vida no deja de apretar. Y, para colmo, el Gobierno arrastra un ruido constante de polémicas judiciales, investigaciones y escándalos que afectan a ministros, cargos de confianza y al entorno personal del presidente. Puede que algunas causas sigan su curso, pero el desgaste político y moral ya está hecho.
Sánchez insiste en seguir, pase lo que pase. Esa es su determinación. Pero gobernar no debería ser un ejercicio de supervivencia personal, sino un compromiso con el país. Cuando la prioridad parece ser aguantar en La Moncloa a cualquier precio, la pregunta es inevitable: ¿quién está pensando de verdad en España y en los españoles?