Si algo demuestra el enésimo estallido del ‘caso Ábalos’ es que, en política, las bombas más ruidosas suelen venir de casa. Que el hijo del exministro haya decidido señalar directamente al presidente Sánchez, denunciando presuntas maniobras para silenciarlo a través de Santos Cerdán, no es solo un giro dramático: es un síntoma de un Gobierno atrapado en su propio laberinto. Y aunque él no haya aportado pruebas, el mero relato contribuye a un clima insoportable para un Ejecutivo que dice abanderar la transparencia.
Si algo demuestra el enésimo estallido del ‘caso Ábalos’ es que, en política, las bombas más ruidosas suelen venir de casa. Que el hijo del exministro haya decidido señalar directamente al presidente Sánchez, denunciando presuntas maniobras para silenciarlo a través de Santos Cerdán, no es solo un giro dramático: es un síntoma de un Gobierno atrapado en su propio laberinto. Y aunque él no haya aportado pruebas, el mero relato contribuye a un clima insoportable para un Ejecutivo que dice abanderar la transparencia.
Lo inquietante no es solo lo que afirma Víctor Ábalos, sino lo que revela entre líneas: un PSOE gobernado por luchas internas, venganzas y operaciones de pasillo dignas de una novela política de baja calidad. Su versión—que su padre fue derribado por acumular demasiado poder, por celos y por una presunta “operación Navalcarnero”—retrata un partido a la deriva, donde los cuchillos vuelan con más soltura que las ideas. Y si esta radiografía proviniera de un adversario, tendría otro peso; pero procede del núcleo más próximo del protagonista del escándalo.
Mientras tanto, la realidad judicial avanza. La Fiscalía Anticorrupción pide 24 años de prisión para José Luis Ábalos por el presunto cobro de comisiones irregulares en plena pandemia. Que alguien que fue mano derecha de Sánchez enfrente semejantes cargos ya es gravísimo por sí solo. Pero la tormenta política sería monumental si algún día se demostrara que en la cúpula del Gobierno hubo movimientos para tapar, encubrir o manipular información sobre este caso.
El Gobierno responde con silencio, con gesto de hastío, o con un “pasemos página”. Pero no, no se puede pasar página. No cuando un exministro está procesado por delitos tan graves. No cuando su propio hijo apunta al presidente. No cuando el PSOE parece vivir encerrado en una guerra interna que erosiona lo poco que quedaba de confianza ciudadana. Este país no merece un Ejecutivo que se defienda con muros de opacidad mientras la indignación sube como la espuma.
Por eso, y aunque duela escucharlo en Moncloa, toca decirlo claro: si algo de lo que denuncia el hijo de Ábalos resultara cierto, estaríamos ante un escándalo político de dimensiones mayúsculas. Y un escándalo así exige explicaciones inmediatas, responsabilidad política… y, desde luego, elecciones ya. Porque lo que queda de crédito, si es que queda algo, se está evaporando al ritmo de este esperpento interminable.