“No más guerras”, ha dicho el papa León XIV, pidiendo una “paz auténtica y duradera” para Ucrania y un alto el fuego en Gaza. Es una súplica humana, sincera y necesaria. Pero también es una súplica que choca con una realidad brutal: la guerra no la provocan los buenos. Y, lamentablemente, tampoco la paran ellos.
“No más guerras”, ha dicho el papa León XIV, pidiendo una “paz auténtica y duradera” para Ucrania y un alto el fuego en Gaza. Es una súplica humana, sincera y necesaria. Pero también es una súplica que choca con una realidad brutal: la guerra no la provocan los buenos. Y, lamentablemente, tampoco la paran ellos.
El papa puede alzar la voz, conmover a millones, recordar que la vida humana vale más que cualquier bandera o frontera. Puede suplicar por la paz con la autoridad moral que da el no tener intereses oscuros detrás. Pero su palabra no llega a los despachos donde se decide la muerte ajena como si fuese un trámite más.
Los que alimentan las guerras no son personas con voluntad de escuchar al papa ni a nadie que les hable de humanidad. Son gobiernos, líderes, grupos armados o potencias económicas que viven —literalmente— del conflicto. Venden armas, imponen ideologías, amplían territorios. Y para ellos, la paz no es rentable.
Por eso, aunque emocione escuchar al Santo Padre pedir el fin de tanta barbarie, da rabia que sus palabras caigan en oídos sordos. Porque no es cuestión de voluntad de una buena persona. Es cuestión de frenar a quienes solo entienden de poder y destrucción.
El mensaje sigue siendo válido: no más guerras. Pero también debemos entender que, para conseguirlo, hace falta más que buenos deseos. Hace falta justicia, presión internacional, y que quienes hoy callan empiecen a señalar a los culpables. Porque la paz, si de verdad la queremos, hay que pelearla. Sin armas, pero con firmeza.