Las últimas revelaciones judiciales sobre la actuación —o más bien, la inacción— de la Confederación Hidrográfica del Júcar (CHJ) durante la DANA vuelven a poner a Teresa Ribera en el punto de mira, justo cuando Europa observa con lupa la gestión medioambiental del Gobierno. No se trata solo de una cuestión técnica o administrativa; es la imagen de toda una exvicepresidenta, que durante años ha presumido de liderazgo climático, la que ahora queda tocada por los ecos de una riada que arrasó sin que nadie pareciera estar al timón.
Las últimas revelaciones judiciales sobre la actuación —o más bien, la inacción— de la Confederación Hidrográfica del Júcar (CHJ) durante la DANA vuelven a poner a Teresa Ribera en el punto de mira, justo cuando Europa observa con lupa la gestión medioambiental del Gobierno. No se trata solo de una cuestión técnica o administrativa; es la imagen de toda una exvicepresidenta, que durante años ha presumido de liderazgo climático, la que ahora queda tocada por los ecos de una riada que arrasó sin que nadie pareciera estar al timón.
La declaración ante la juez deja claro que hubo avisos, hubo tiempo y, sin embargo, no hubo reacción. Y si la Confederación falló, lo hizo bajo la responsabilidad directa de Ribera. Europa toma nota, y no es para menos: un Ejecutivo que pide más fondos para la transición ecológica no puede permitirse mostrar desidia cuando la naturaleza golpea con fuerza. Menos aún si las consecuencias fueron trágicas y evitables.
Pero el problema no es solo Ribera. Estas revelaciones sacan a la luz un patrón preocupante de gestión en este Gobierno: ministros que esquivan responsabilidades, organismos públicos que actúan tarde o mal, y una falta de coordinación que ya no se puede tapar con discursos bonitos ni promesas futuras. La gestión política no se mide por las cumbres a las que se asiste, sino por las respuestas que se dan cuando hay crisis de verdad.
El desgaste no es solo político, es institucional. Y eso Europa también lo huele. En Bruselas no se tragan ya las narrativas grandilocuentes si no van acompañadas de hechos. Ribera, que hasta ahora ha sido una de las caras visibles del Gobierno en materia climática, se encuentra ahora salpicada por una gestión que dista mucho de ser ejemplar.
Al final, esta nueva tormenta, judicial y política, no hace más que confirmar algo que muchos ya sospechan: que este Ejecutivo hace aguas por demasiados frentes. Y si no se empieza a asumir responsabilidades, cada DANA, cada crisis, cada fallo, seguirá arrastrando un poco más la credibilidad de un gobierno que ya no puede permitirse más tropiezos.