Pedro Sánchez vuelve a la carga con su tema favorito: el franquismo. Esta vez, ha advertido que la pérdida de libertades vivida durante la dictadura "puede volver a ocurrir". Suena a guion repetido, una estrategia para dividir y distraer más que un genuino interés en el pasado. Porque si alguien mantiene vivo a Franco, que lleva casi 50 años muerto, es este Gobierno, obsesionado con hacer del dictador el eterno chivo expiatorio de todos los varones.
Pedro Sánchez vuelve a la carga con su tema favorito: el franquismo. Esta vez, ha advertido que la pérdida de libertades vivida durante la dictadura "puede volver a ocurrir". Suena a guion repetido, una estrategia para dividir y distraer más que un genuino interés en el pasado. Porque si alguien mantiene vivo a Franco, que lleva casi 50 años muerto, es este Gobierno, obsesionado con hacer del dictador el eterno chivo expiatorio de todos los varones.
Sánchez se presenta como el gran defensor de las libertades, pero es él quien, paradójicamente, está recortando derechos en pleno siglo XXI. Su Ley de Memoria Democrática, lejos de reconciliar, impone una visión única de la historia, dejando fuera a quienes no comulguen con su relación. Además, las leyes mordaza disfrazadas de progresismo están cercenando el debate público, mientras las críticas se sofocan con etiquetas de "fascismo" o "extrema derecha".
El verdadero problema no es el fantasma de Franco, sino la incapacidad de Sánchez de afrontar los retos actuales sin recurrir al comodín de la dictadura. Mientras el país lidia con una inflación galopante, una sanidad colapsada y una crisis migratoria desbordada, el presidente prefiere hablar de tumbas y banderas. Resulta más fácil desenterrar el pasado que arreglar el presente.
Sánchez y su gobierno han normalizado el uso del poder para dividir a los españoles, no solo entre izquierdas y derechas, sino también entre regiones. No es Franco quien nos enfrenta, es la política de trincheras promovida desde La Moncloa.
Si de verdad Sánchez quisiera defender las libertades, dejaría de resucitar fantasmas y de fabricar enemigos ficticios. Los españoles merecemos un gobierno que mire al futuro, que proteja derechos reales y que no utilice el pasado como un arma arrojadiza para perpetuarse en el poder. La libertad no se garantiza con discursos grandilocuentes, sino con políticas que unan en lugar de dividir.