"Nos toca defender la verdad, pues defenderemos la verdad". Con esta grandilocuencia blindaba Pedro Sánchez a su entorno más cercano, insistiendo en la absoluta inocencia de su esposa, Begoña Gómez, y de su hermano, David Sánchez. Sin embargo, en la alta política, la defensa de la verdad no se sostiene únicamente con discursos solemnes ni con el uso del atril institucional como escudo familiar.
"Nos toca defender la verdad, pues defenderemos la verdad". Con esta grandilocuencia blindaba Pedro Sánchez a su entorno más cercano, insistiendo en la absoluta inocencia de su esposa, Begoña Gómez, y de su hermano, David Sánchez. Sin embargo, en la alta política, la defensa de la verdad no se sostiene únicamente con discursos solemnes ni con el uso del atril institucional como escudo familiar.
Cuando las investigaciones judiciales cercan el entorno más íntimo de la presidencia del Gobierno, el debate deja de ser estrictamente técnico para convertirse en una profunda crisis de ética pública. En cualquier democracia con altos estándares de salud institucional, la acumulación de sospechas y el desgaste diario del Estado no se combaten con proclamas de fe conyugal o fraternal, sino con una asunción real de responsabilidades.
Aferrarse a una verdad autoproclamada mientras el fango político y judicial inunda la Moncloa ya no es suficiente. Lo que la dignidad del cargo y del país exige en este punto de no retorno no son más defensas numantinas, sino un paso a un lado. La verdadera regeneración no se declama: se demuestra dimitiendo.