La breve tregua tras el trágico accidente de tren en Adamuz, donde 42 personas perdieron la vida, apenas duró 48 horas. Durante ese corto tiempo, todos los partidos parecían hablar el mismo idioma: apoyo a las víctimas, coordinación y solidaridad. Un respiro en medio del dolor que, por un instante, nos hizo creer que la política podía ser útil y humana.
La breve tregua tras el trágico accidente de tren en Adamuz, donde 42 personas perdieron la vida, apenas duró 48 horas. Durante ese corto tiempo, todos los partidos parecían hablar el mismo idioma: apoyo a las víctimas, coordinación y solidaridad. Un respiro en medio del dolor que, por un instante, nos hizo creer que la política podía ser útil y humana.
Pero la paz fue fugaz. Tan pronto como los titulares dejaron de centrarse únicamente en la tragedia, los reproches, las acusaciones y la lucha partidista regresaron con fuerza. La cooperación que habíamos visto se desmorona, y vuelve la política de siglas por encima de las personas, justo cuando más se necesita unidad.
Es frustrante y doloroso ver que un accidente tan terrible se convierte, de inmediato, en un campo de batalla político. Los españoles no pedimos teatro ni escaramuzas; pedimos eficacia, sensibilidad y que los recursos públicos se pongan al servicio de quienes sufren, sin que importe quién gobierne.
Si algo queda claro es que la tragedia no debería ser el único motor de colaboración. La verdadera política útil es la que trabaja siempre por el bien común, sin necesidad de luto ni titulares dramáticos. Que la paz política durara apenas dos días nos recuerda que, en España, aún nos queda mucho por aprender sobre empatía y responsabilidad compartida.