Pedro Sánchez vuelve a pedir lealtad entre PSOE y Sumar “pese a las discrepancias” mientras señala al PP como culpable del crecimiento de Vox. Es el mismo recurso de siempre: buscar fuera lo que muchos ciudadanos ven dentro. Porque llega un punto en el que la excusa ya no cuela y el hartazgo se impone al relato.
Pedro Sánchez vuelve a pedir lealtad entre PSOE y Sumar “pese a las discrepancias” mientras señala al PP como culpable del crecimiento de Vox. Es el mismo recurso de siempre: buscar fuera lo que muchos ciudadanos ven dentro. Porque llega un punto en el que la excusa ya no cuela y el hartazgo se impone al relato.
El avance de Vox no es un accidente ni una conspiración ajena, sino la consecuencia directa de una gestión política que ha agotado la paciencia de muchos votantes. Decisiones erráticas, cambios de opinión constantes y un Gobierno más preocupado por sobrevivir que por gobernar han abierto un espacio que otros ocupan sin complejos.
A ello se suma una cadena interminable de escándalos, sospechas e investigaciones que rodean al PSOE, al Ejecutivo y al entorno más cercano del presidente. Aunque Sánchez insista en mirar hacia otro lado, la sensación de impunidad y falta de explicaciones claras ha calado hondo en una ciudadanía cansada de ver cómo siempre pasan y responsabilidades nunca llegan.
Seguir aferrado al poder “pese a las discrepancias” no es un acto de valentía, sino de obstinación. Un presidente serio asumiría errores, daría explicaciones y entendería que el desgaste es fruto de su propia forma de gobernar. Mientras no lo haga, culpar a otros solo confirma lo que muchos ya piensan: el problema no está enfrente, está en La Moncloa.