El próximo jueves se cumple un año desde que Pedro Sánchez sorprendió al país con una carta en la que anunciaba que se tomaba cinco días para decidir si merecía la pena seguir al frente del Gobierno. Un gesto sin precedentes que muchos vieron como un movimiento calculado para reforzar su figura, y otros interpretaron como una muestra de agotamiento personal. Sea como fuere, lo cierto es que aquel episodio terminó por consolidar su hiperliderazgo.
El próximo jueves se cumple un año desde que Pedro Sánchez sorprendió al país con una carta en la que anunciaba que se tomaba cinco días para decidir si merecía la pena seguir al frente del Gobierno. Un gesto sin precedentes que muchos vieron como un movimiento calculado para reforzar su figura, y otros interpretaron como una muestra de agotamiento personal. Sea como fuere, lo cierto es que aquel episodio terminó por consolidar su hiperliderazgo.
Un año después, la gran verdad que emerge es incómoda: Sánchez no tiene sucesor. Su figura eclipsa a todo el PSOE, que ha dejado de ser un partido de estructuras sólidas para convertirse en una maquinaria al servicio de su líder. No hay debates internos, ni alternativas visibles, ni voces con peso que se atrevan a construir algo diferente. Su liderazgo absoluto se ha convertido en una jaula dorada, tanto para él como para su partido.
Y no está solo en ese estilo de poder. Juan Vivas, nuestro presidente en Ceuta, lleva más de dos décadas en el cargo sin que nadie asome como su relevo natural. Como Sánchez, ha convertido su liderazgo en un punto ciego institucional: no hay sucesión, no hay relevo, no hay regeneración. Solo la permanencia como objetivo político.
Estos liderazgos eternos, que algunos defienden como prueba de eficacia, son en realidad un síntoma de debilidad democrática. Cuando un partido o una institución depende de una sola persona para sostenerse, el problema no es solo político, sino estructural. Y lo más preocupante: la ciudadanía se acostumbra.
Vivas y Sánchez, cada uno en su ámbito, comparten una forma de hacer política donde el relevo es una amenaza, no una oportunidad. Lo que debería ser una práctica normal en democracia —el paso del testigo— se convierte en un vacío de poder que nadie se atreve a llenar.
¿Hasta cuándo podrá sostenerse esta fórmula? ¿Y qué pasará cuando decidan —si es que lo hacen— marcharse? El relevo no solo es necesario, es urgente. Porque sin él, ni hay partido ni hay democracia que aguante.