Hay algo que chirría —y mucho— cuando uno hace cuentas a final de mes: mientras muchas familias van cada vez más justas, el Estado parece nadar en una recaudación récord. No es una sensación aislada, es una realidad que se percibe en la cesta de la compra, en la factura de la luz y en cada ticket del supermercado. Y en el centro de esa paradoja está el Gobierno de Pedro Sánchez, que presume de cifras macroeconómicas mientras el ciudadano de a pie hace malabares para llegar al día 30.
Hay algo que chirría —y mucho— cuando uno hace cuentas a final de mes: mientras muchas familias van cada vez más justas, el Estado parece nadar en una recaudación récord. No es una sensación aislada, es una realidad que se percibe en la cesta de la compra, en la factura de la luz y en cada ticket del supermercado. Y en el centro de esa paradoja está el Gobierno de Pedro Sánchez, que presume de cifras macroeconómicas mientras el ciudadano de a pie hace malabares para llegar al día 30.
El problema no es solo cuánto se recauda, sino cómo. La inflación —ese impuesto silencioso— ha empujado los ingresos fiscales al alza sin necesidad de subir tipos oficialmente. Más IVA, más IRPF en términos reales, más presión indirecta. Y mientras tanto, ¿qué reciben las familias a cambio? Servicios tensionados, ayudas que no siempre llegan y una sensación creciente de que el esfuerzo no se reparte de forma justa.
Resulta difícil no ver cierta desconexión entre el discurso oficial y la calle. Desde los despachos se habla de crecimiento, de recuperación, de fortaleza económica. Pero en los hogares se habla de recortes, de renuncias y de apretarse el cinturón. El Gobierno celebra sus números, pero esos números salen, en gran parte, de bolsillos cada vez más vacíos.
La crítica no es caprichosa: es una llamada de atención. Gobernar no es solo cuadrar balances o presumir de ingresos, sino garantizar que la prosperidad —si la hay— se note en la vida real. Si el Estado ingresa más mientras la gente vive peor, algo está fallando en el modelo. Y ese “algo” tiene responsables claros.
Porque al final, la política económica debería tener un objetivo sencillo: que la mayoría viva mejor, no peor. Si la percepción general es la contraria, conviene dejar de mirar las gráficas y empezar a escuchar a la gente. Menos triunfalismo y más empatía. Menos recaudar por inercia y más aliviar a quienes sostienen el sistema. Esa sería, quizá, la verdadera medida del éxito.