La principal preocupación de un Gobierno democrático debería ser gobernar y rendir cuentas. Sin embargo, la legislatura de Pedro Sánchez ha quedado atrapada en una sucesión de escándalos, investigaciones, polémicas y explicaciones insuficientes que han erosionado gravemente la confianza de una parte importante de la ciudadanía. Los casos que afectan al entorno político y personal del presidente, desde las controversias relacionadas con José Luis Ábalos y Koldo García hasta las que han salpicado a Santos Cerdán, Begoña Gómez o el hermano del jefe del Ejecutivo, han colocado a La Moncloa en una posición defensiva permanente.
La principal preocupación de un Gobierno democrático debería ser gobernar y rendir cuentas. Sin embargo, la legislatura de Pedro Sánchez ha quedado atrapada en una sucesión de escándalos, investigaciones, polémicas y explicaciones insuficientes que han erosionado gravemente la confianza de una parte importante de la ciudadanía. Los casos que afectan al entorno político y personal del presidente, desde las controversias relacionadas con José Luis Ábalos y Koldo García hasta las que han salpicado a Santos Cerdán, Begoña Gómez o el hermano del jefe del Ejecutivo, han colocado a La Moncloa en una posición defensiva permanente.
Lo más preocupante no es solo la existencia de estas controversias, sino la sensación de que el Gobierno ha optado por el silencio, la confrontación y el victimismo antes que por la transparencia. En lugar de ofrecer explicaciones amplias y convincentes, Sánchez ha dado la impresión de encerrarse en La Moncloa mientras sus portavoces se dedican a señalar a jueces, medios de comunicación o adversarios políticos. Esa estrategia puede servir para movilizar a los convencidos, pero resulta mucho menos eficaz para recuperar la confianza de quienes esperan respuestas.
La comparación con los últimos años de Felipe González surge de forma inevitable. Aquella etapa estuvo marcada por el desgaste del poder, por una acumulación constante de escándalos y por la sensación de que el Gobierno había perdido el contacto con la realidad de la calle. Hoy vuelve a percibirse un clima parecido: una administración consumida por las polémicas mientras los ciudadanos observan con creciente escepticismo cómo las explicaciones nunca parecen suficientes.
A todo ello se suma una economía que dista mucho de la imagen triunfalista que transmite el Ejecutivo. Los problemas para acceder a una vivienda, el elevado coste de la vida y la presión que soportan miles de familias pesan más que cualquier dato macroeconómico presentado en rueda de prensa. La gente no vive de estadísticas; vive de salarios, facturas e hipotecas.
La política española necesita menos propaganda y más rendición de cuentas. Un Gobierno que acumula tantas controversias en torno a su entorno político y personal tiene la obligación de ofrecer explicaciones claras y asumir responsabilidades cuando corresponda. Lo contrario solo alimenta la desconfianza y refuerza la percepción de una Moncloa cada vez más aislada, más encerrada en sí misma y más alejada de los problemas reales de los ciudadanos.


