La Autopista Nacional
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Las palabras de Ione Belarra sobre la intervención del Papa León XIV en el Congreso han vuelto a poner sobre la mesa una vieja costumbre de cierta política española: convertir cualquier gesto institucional en una batalla ideológica de todo o nada. Según la dirigente de Podemos, permitir que el Pontífice se dirigiera a la Cámara supone transformar el “templo de la democracia en una iglesia”. Una afirmación tan contundente como discutible.

Las palabras de Ione Belarra sobre la intervención del Papa León XIV en el Congreso han vuelto a poner sobre la mesa una vieja costumbre de cierta política española: convertir cualquier gesto institucional en una batalla ideológica de todo o nada. Según la dirigente de Podemos, permitir que el Pontífice se dirigiera a la Cámara supone transformar el “templo de la democracia en una iglesia”. Una afirmación tan contundente como discutible.

Si seguimos esa lógica, habría que empezar a preocuparse cada vez que un líder religioso, un representante social, un premio Nobel o cualquier personalidad invitada cruza las puertas del Congreso. Porque una cosa es escuchar a alguien y otra muy distinta rendirle pleitesía. La democracia, precisamente, se caracteriza por la capacidad de escuchar voces distintas sin perder su esencia por el camino.

Resulta llamativo que quienes suelen reivindicar la pluralidad y la diversidad parezcan sentirse incómodos cuando la opinión que entra en el debate público no encaja con su propio marco ideológico. La fortaleza de una democracia no se mide por las ideas que excluye, sino por las que es capaz de escuchar sin ponerse nerviosa.

La imagen del Congreso convertido en una iglesia tiene más de titular efectista que de análisis serio. El Parlamento sigue siendo el Parlamento, con sus debates, sus votaciones y sus broncas habituales. Ni aparecieron vitrales en el hemiciclo ni los diputados cambiaron los escaños por bancos de madera. Lo único que ocurrió fue que una figura de relevancia internacional tomó la palabra ante los representantes de la ciudadanía.

Quizá el verdadero problema no sea quién habló en el Congreso, sino la necesidad constante de algunos dirigentes de convertir cualquier acontecimiento en una batalla cultural. Y cuando todo se presenta como una amenaza existencial para la democracia, el riesgo es que la palabra “democracia” termine perdiendo el significado que tanto se invoca para defenderla.

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Ceuta, Miercoles 29 de Julio del 2026

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