Hay que ver cómo cambia el discurso de algunos según les conviene. Ione Belarra, adalid del feminismo más intransigente cuando el enemigo está fuera de su círculo, se ha convertido en un ejemplo claro de ese doble rasero tan peligroso. No hace mucho, la ministra de Derechos Sociales se subía al carro de los linchamientos públicos para pedir la cabeza de Luis Rubiales por el ya famoso beso a Jenni Hermoso. Sin juicio ni matices, lo suyo fue un “a la hoguera” en toda regla, exigiendo justicia rápida y ejemplar.
Hay que ver cómo cambia el discurso de algunos según les conviene. Ione Belarra, adalid del feminismo más intransigente cuando el enemigo está fuera de su círculo, se ha convertido en un ejemplo claro de ese doble rasero tan peligroso. No hace mucho, la ministra de Derechos Sociales se subía al carro de los linchamientos públicos para pedir la cabeza de Luis Rubiales por el ya famoso beso a Jenni Hermoso. Sin juicio ni matices, lo suyo fue un “a la hoguera” en toda regla, exigiendo justicia rápida y ejemplar.
Pero, ¡ah, amiga!, cuando las denuncias de abusos sexuales señalan a Juan Carlos Monedero, uno de los suyos, el tono cambia. La contundencia deja paso a la tibieza, y donde antes había fuego ahora solo hay excusas. Belarra echa balones fuera, relativiza y minimiza, como si lo que ayer era intolerable hoy fuera apenas “una cosa que pasa”. ¿Dónde está ahora esa defensa inquebrantable de las mujeres? ¿Dónde quedó la hermandad?
El problema de fondo no es solo la hipocresía, sino el daño que se hace a las verdaderas víctimas. Porque con estos giros de guion, lo único que consiguen es restar credibilidad a las denuncias legítimas y alimentar la sensación de que todo depende del color del cristal con el que se mire. Al final, lo que debería ser una lucha sincera por la igualdad y la justicia se convierte en una estrategia política donde las mujeres son, tristemente, mera munición ideológica.
No se puede ser feminista a ratos, ni se puede usar la causa como un martillo contra los adversarios mientras se protege a los amigos. Si de verdad queremos una sociedad justa, no hay lugar para la doble moral. Los abusos son abusos, vengan de donde vengan, y esconder la suciedad bajo la alfombra solo porque ensucia la propia casa es un flaco favor a todas las mujeres.
A Ione Belarra le pediríamos un poco de coherencia. Si el “hermana, yo sí te creo” vale para unas, también debe valer para otras. Porque de discursos bonitos y pancartas sabemos todos, pero la verdadera ética se demuestra cuando toca aplicarla en casa.