Lo de José Luis Ábalos no es una anécdota, es un síntoma. Mientras miles de españoles sudaban la gota gorda durante una pandemia, él se inflaba a dietas públicas que multiplicaban por cuatro su sueldo oficial como ministro. Más de 87.000 euros en dos años en concepto de “indemnización por residencia” para alguien que ya vivía en Madrid. ¿A quién pretende engañar este señor? ¿A nosotros o a sí mismo? Lo suyo no fue servir al Estado, fue servirse de él.
Lo de José Luis Ábalos no es una anécdota, es un síntoma. Mientras miles de españoles sudaban la gota gorda durante una pandemia, él se inflaba a dietas públicas que multiplicaban por cuatro su sueldo oficial como ministro. Más de 87.000 euros en dos años en concepto de “indemnización por residencia” para alguien que ya vivía en Madrid. ¿A quién pretende engañar este señor? ¿A nosotros o a sí mismo? Lo suyo no fue servir al Estado, fue servirse de él.
El escándalo no es solo la cifra, sino la jeta. Cobraba 1.900 euros mensuales para cubrir supuestos gastos de alojamiento, cuando tenía casa propia en la capital. Y mientras tanto, en los pasillos del Congreso y del PSOE, silencio sepulcral. Nadie sabía nada, nadie decía nada. El Gobierno de Sánchez, tan dado a dar lecciones morales, ha vuelto a demostrar que la ética solo la exigen cuando gobiernan otros.
Esta historia apesta a esa corrupción blanda que tanto daño hace: la que se oculta bajo papeles en regla, pero que huele a privilegio y a abuso. Ábalos no robó a escondidas, simplemente aprovechó el sistema a su favor con la misma desvergüenza con la que ahora intenta blanquear su imagen tras el escándalo del caso Koldo. Es la política del “todo vale mientras no me pillen”, el reflejo de una cultura de poder que ha perdido el sentido del pudor.
Y lo peor no es el escándalo en sí, sino la impunidad. Porque mientras los ciudadanos ven cómo se les aprieta el cinturón, en Moncloa no parece haber rubor por lo ocurrido. Ni una disculpa, ni una rectificación. Solo excusas, evasivas y un PSOE más preocupado por apagar fuegos mediáticos que por limpiar su propia casa.
La sensación es clara: para algunos, gobernar no es un servicio público, sino un chollo. Y Ábalos, con sus dietas doradas, es solo la cara más grosera de una forma de hacer política que harta y que indigna. Si este es el ejemplo, ¿con qué autoridad van a pedir sacrificios a nadie?