Es curioso cómo han cambiado los tiempos. Hace décadas, cuando alguien hablaba de delincuencia, la imagen que nos venía a la cabeza era la de forajidos escondidos en los montes, a los que la Guardia Civil perseguía por caminos polvorientos. Hoy en día, parece que los "forajidos" se han mudado a despachos bien amueblados y con aire acondicionado, y lo más triste es que a menudo ocupan cargos públicos.
Es curioso cómo han cambiado los tiempos. Hace décadas, cuando alguien hablaba de delincuencia, la imagen que nos venía a la cabeza era la de forajidos escondidos en los montes, a los que la Guardia Civil perseguía por caminos polvorientos. Hoy en día, parece que los "forajidos" se han mudado a despachos bien amueblados y con aire acondicionado, y lo más triste es que a menudo ocupan cargos públicos.
Ya no se esconden entre la maleza, ahora están sentados en ayuntamientos, diputaciones, e incluso en Moncloa. La Unidad Central Operativa (UCO) tiene más trabajo que nunca, pero no buscando bandoleros, sino escudriñando en contratos sospechosos, comisiones y cuentas opacas.
Resulta alarmante que en lugar de combatir la corrupción con todas las armas posibles, algunos lleguen a plantear la absurda idea de "potenciar una corrupción controlada". ¿En qué momento nos hemos resignado a aceptar que, como sociedad, tenemos que convivir con el delito en las instituciones? El porcentaje de delincuencia política en España no es fácil de calcular, pero lo que está claro es que la sensación de impunidad crece. Mientras los de a pie cumplimos con nuestras obligaciones, parece que en ciertos círculos la justicia se ve de manera más flexible, como una sugerencia más que una norma.
Y no nos engañemos, la corrupción no es algo nuevo. La diferencia es que antes, al menos, existía un cierto pudor. Hoy en día, parece que muchos se sienten cómodos navegando en aguas turbias, mientras esquivan la responsabilidad. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
La solución no pasa por normalizar lo que está mal, ni mucho menos por aceptar que la corrupción es un mal necesario. El verdadero reto está en limpiar las instituciones, en reforzar la transparencia y en devolver la confianza a los ciudadanos. Porque si seguimos mirando hacia otro lado, permitiendo que los lobos se disfracen de corderos, el porcentaje de delincuencia política seguirá aumentando, y la democracia acabará siendo la gran perdedora.
Al final, parece que en esta partida todos tiran los dados y cada cual mueve ficha como puede. Pero no podemos olvidar que la justicia es la que debería decir "y tiro porque me toca".