La campaña “España, 50 años en libertad” pretende sonar a celebración colectiva, pero sorprende —y mucho— que en todo ese repaso luminoso no aparezca la lucha contra ETA en el País Vasco. No es un detalle menor. Para miles de familias, ese silencio institucional duele más que cualquier pancarta bonita. Es como si la memoria de quienes vivieron años de miedo quedara relegada a pie de página.
La campaña “España, 50 años en libertad” pretende sonar a celebración colectiva, pero sorprende —y mucho— que en todo ese repaso luminoso no aparezca la lucha contra ETA en el País Vasco. No es un detalle menor. Para miles de familias, ese silencio institucional duele más que cualquier pancarta bonita. Es como si la memoria de quienes vivieron años de miedo quedara relegada a pie de página.
Hablar de libertad sin mencionar a quienes la defendieron en los días más turbios es, como poco, incoherente. Y no, no se trata de reabrir heridas por gusto. Es simplemente reconocer una parte esencial de nuestra historia reciente. Porque hubo muertos, hubo amenazas, hubo silencios forzados… y eso también nos ha hecho ser quienes somos hoy.
Por eso, mucha gente interpreta esta omisión como un gesto calculado. Y aquí es donde empiezan los rumores y las sospechas: ¿acaso el Gobierno evita incomodar a ciertos socios parlamentarios con pasado o entorno político ligados a la izquierda abertzale? ¿Quizás, tras el portazo reciente de Junts, el Ejecutivo prefiere no perder más apoyos? No hace falta afirmarlo tajantemente para entender por qué esa idea circula: la política, ya sabemos, vive de equilibrios frágiles.
En ese contexto, no sorprende escuchar frases del estilo: “Se van a llevar por delante a todo el mundo, qué ruina van a buscar”. Suena exagerado, sí, pero refleja una sensación creciente de que se está tocando la historia con guantes de látex, intentando no molestar a nadie… excepto a quienes merecen reconocimiento.
Al final, no se pide nada extraño: solo memoria completa. Si queremos celebrar la libertad, hagámoslo en serio, sin tachones ni silencios estratégicos. Porque una democracia adulta no tiene miedo a mirar su propio pasado, incluso cuando ese pasado no encaja bien en el eslogan del mes.