Cada vez que el Gobierno dice “no sabemos si saldrán más nombres” en la trama que salpica a Ábalos, Cerdán y Koldo, en realidad está diciendo todo lo contrario. Es una estrategia tan vieja como efectiva: adelantar con sordina lo que ya es inevitable. Porque claro que saben que saldrán más nombres. Lo saben desde el minuto uno. Y lo están gestionando con bisturí político para que el escándalo no les estalle de golpe, sino en cómodos plazos, como quien dosifica una medicina amarga.
Cada vez que el Gobierno dice “no sabemos si saldrán más nombres” en la trama que salpica a Ábalos, Cerdán y Koldo, en realidad está diciendo todo lo contrario. Es una estrategia tan vieja como efectiva: adelantar con sordina lo que ya es inevitable. Porque claro que saben que saldrán más nombres. Lo saben desde el minuto uno. Y lo están gestionando con bisturí político para que el escándalo no les estalle de golpe, sino en cómodos plazos, como quien dosifica una medicina amarga.
No es casualidad que cada semana surja un dato nuevo, una empresa más, un implicado extra. Es parte del guion. Así se consigue que lo que debería ser una bomba caiga como una piedra en un estanque: salpicando lo justo. Se prepara a la opinión pública poco a poco, como quien avisa de que viene tormenta cuando ya ha empezado a chispear.
El problema es que esa táctica, aunque eficaz a corto plazo, no tapa el hedor que desprende el “triángulo tóxico” que une a quienes fueron hombres fuertes del partido y del Gobierno. La corrupción, por más que se administre en pequeñas dosis, siempre acaba pudriendo la credibilidad de quienes se niegan a afrontarla con claridad.
En lugar de asumir con transparencia lo que se viene encima, el Ejecutivo prefiere aparentar sorpresa, como si todo esto les pillara desprevenidos. Pero ya nadie se cree ese papel. La gente puede entender que haya manzanas podridas. Lo que cuesta entender es que se siga vendiendo la idea de que el cesto está sano cuando cada día cae una más.
Lo mínimo que se espera de un Gobierno es que hable con claridad. Y si saben que van a caer más, que lo digan. Porque lo contrario no es prudencia, es cálculo político. Y eso, en medio de una trama que huele a comisiones, favores y deslealtades, es simplemente inaceptable.