Cada día amanece en España con una nueva sospecha, un nuevo escándalo o un audio filtrado que deja al país con la boca abierta. El último capítulo lleva la voz de Leire Díez, asesora socialista, hablando de "la Camorra de la Guardia Civil" y revelando un supuesto intento del PSOE por atacar a un alto mando de la UCO. La respuesta del partido ha sido inmediata: "No estamos en esta basura". Pero, por desgracia, lo cierto es que esta “basura” cada vez salpica más cerca de Ferraz.
Cada día amanece en España con una nueva sospecha, un nuevo escándalo o un audio filtrado que deja al país con la boca abierta. El último capítulo lleva la voz de Leire Díez, asesora socialista, hablando de "la Camorra de la Guardia Civil" y revelando un supuesto intento del PSOE por atacar a un alto mando de la UCO. La respuesta del partido ha sido inmediata: "No estamos en esta basura". Pero, por desgracia, lo cierto es que esta “basura” cada vez salpica más cerca de Ferraz.
Y es que aunque este episodio quede en nada —como algunos quieren creer—, la acumulación de casos empieza a ser difícil de digerir: la mujer de Sánchez, José Luis Ábalos, Koldo García, el hermano del presidente… ¿De verdad es casualidad que cada vez que se destapa una presunta ilegalidad haya alguien del entorno socialista involucrado? La sombra de la sospecha es ya una nube negra instalada sobre la cabeza de este Gobierno.
No se trata solo de legalidad o ilegalidad —eso lo dirán los jueces—, sino de ética y de confianza. La gente empieza a desconectar, a sentir que todo esto ya no es una excepción, sino la norma. Y esa sensación de impunidad en las alturas es lo más peligroso que puede ocurrir en una democracia.
El PSOE dice que no está en “esa basura”, pero sería bueno que empezaran a mirar el cubo. Porque mientras tanto, los ciudadanos van perdiendo la fe en sus instituciones, en sus líderes, en la política como herramienta de servicio. Cada día que pasa, más gente se va a la cama preguntándose cuál será el siguiente escándalo al despertar.
Quizá ha llegado el momento de que Pedro Sánchez se plantee seriamente convocar elecciones. No por estrategia, ni por calendario, sino por dignidad. Porque un país no puede vivir en este estado de sobresalto permanente. Y porque gobernar es, también, saber cuándo irse.