Que Pedro Sánchez piense en recibir a Carles Puigdemont en Moncloa, y encima con foto incluida, es la prueba más clara de hasta dónde está dispuesto a llegar para mantenerse en el poder. Marzo o abril, dice él, como si eso de “sentarse con los fugados de la justicia” fuera un trámite más en la agenda del presidente. Lo triste no es solo la propuesta, sino que Sánchez parece creer que una foto puede borrar la gravedad de la traición que representa Puigdemont para la legalidad española.
Que Pedro Sánchez piense en recibir a Carles Puigdemont en Moncloa, y encima con foto incluida, es la prueba más clara de hasta dónde está dispuesto a llegar para mantenerse en el poder. Marzo o abril, dice él, como si eso de “sentarse con los fugados de la justicia” fuera un trámite más en la agenda del presidente. Lo triste no es solo la propuesta, sino que Sánchez parece creer que una foto puede borrar la gravedad de la traición que representa Puigdemont para la legalidad española.
Porque, seamos claros, Puigdemont no es un líder democrático que merezca un gesto de normalidad institucional. Es un político que huyó de la Justicia y que lleva años provocando una fractura política que aún sigue coleando. Y ahí está Sánchez, dispuesto a posar con él, como si el honor del cargo se midiera en selfies y no en defender la Constitución. Este es el mismo presidente que se llena la boca de “diálogo” cuando le conviene, pero que luego no duda en recortar derechos o en mirar hacia otro lado cuando la gestión del país se le atraganta.
La jugada tiene un tufillo electoral insoportable. Sánchez necesita vender la idea de que es capaz de tender puentes incluso con quienes han desafiado abiertamente al Estado. Pero tender puentes no significa hacer el ridículo ni dar legitimidad a quienes juegan con la democracia como si fuera un juego de niños. Y, por mucho que se intente disfrazar de gesto diplomático, la foto con Puigdemont sería, más que nada, una foto de la capitulación de un Gobierno que ya no sabe dónde trazar líneas rojas.
Y Puigdemont, por supuesto, sonríe desde la distancia. Para él, Sánchez es la mejor herramienta que podía imaginar: un presidente que le ofrece escenario y visibilidad sin pedir nada a cambio, salvo la complicidad silenciosa de la ciudadanía que, una vez más, ve cómo la política se convierte en espectáculo. Puigdemont se lleva la foto y Sánchez el ridículo, mientras ambos juegan con el país como si fuera un tablero de ajedrez sin peones.
Al final, la pregunta es sencilla: ¿queremos un presidente que busque consenso con quien ignora la ley, o queremos alguien que defienda de verdad las instituciones que juró proteger? La foto en Moncloa puede ser simbólica, pero el daño a la credibilidad de Sánchez será real y duradero. Y mientras él se prepara para posar, España se pregunta si esto es política o puro teatro.