El último barómetro del CIS, sorprendentemente, coloca al PSOE en una posición incómoda: caída significativa en intención de voto en un solo mes y una sensación general de desgaste que ya no se puede disimular con lecturas optimistas. Ni siquiera el CIS, dirigido por José Félix Tezanos, alguien que debería entrar a formar parte de la gran familia de Masterchef ya que es un maestro cocinando encuestas, consigue maquillar del todo la tendencia.
El último barómetro del CIS, sorprendentemente, coloca al PSOE en una posición incómoda: caída significativa en intención de voto en un solo mes y una sensación general de desgaste que ya no se puede disimular con lecturas optimistas. Ni siquiera el CIS, dirigido por José Félix Tezanos, alguien que debería entrar a formar parte de la gran familia de Masterchef ya que es un maestro cocinando encuestas, consigue maquillar del todo la tendencia.
Más allá de los números concretos, lo relevante es el clima político que reflejan. Hay una percepción creciente de desgaste, de cansancio y de falta de confianza que se va instalando en parte del electorado. Y cuando esa dinámica se consolida, revertirla no es cuestión de un titular ni de un ciclo corto.
Se puede discutir si las encuestas exageran, si están condicionadas o si responden a coyunturas puntuales. Pero lo que no se puede ignorar es el ruido constante que rodea al partido, los episodios que erosionan su imagen y la sensación de que el Gobierno vive demasiado pendiente de la reacción diaria en lugar de una hoja de ruta clara y sólida.
Y en ese contexto, el CIS ha terminado por reventar y finalmente claudicar y evidenciar que el Gobierno de Sánchez está acabado y que la lectura política es bastante más seria de lo que algunos quieren admitir. No hace falta hablar de “hecatombes” para entender que algo se está resquebrajando en la conexión entre el Gobierno y una parte importante de la ciudadanía.
El problema para el PSOE es la acumulación de pufos. Y cuando la acumulación se convierte en tendencia, ya no hay relato que la contenga, ni siquiera el CIS. Lo que antes se explicaba como ruido, ahora empieza a parecer una realidad persistente que exige algo más que control de titulares: exige respuestas políticas de fondo.