Hay humoristas que hacen reír y hay humoristas que aprovechan el escenario para dar un mitin. Lo de Manu Sánchez el pasado jueves se pareció bastante más a lo segundo. Nadie discute que tenga derecho a expresar sus ideas, igual que cualquier ciudadano. Lo que chirría es que, bajo la excusa del humor, se dedique a señalar a quienes no comparten su visión de España, metiendo en el mismo saco a millones de personas simplemente por pensar diferente. Y eso, por muchas risas que provoque en el plató, deja de tener gracia.
Hay humoristas que hacen reír y hay humoristas que aprovechan el escenario para dar un mitin. Lo de Manu Sánchez el pasado jueves se pareció bastante más a lo segundo. Nadie discute que tenga derecho a expresar sus ideas, igual que cualquier ciudadano. Lo que chirría es que, bajo la excusa del humor, se dedique a señalar a quienes no comparten su visión de España, metiendo en el mismo saco a millones de personas simplemente por pensar diferente. Y eso, por muchas risas que provoque en el plató, deja de tener gracia.
Durante más de diez minutos fue enlazando referencias a Hitler, el fascismo, las banderas, la inmigración, la plurinacionalidad y todo aquello que sabe que garantiza el aplauso de un determinado sector. Porque, seamos claros, hoy sale muy barato cargar contra quienes se sienten orgullosos de España. Lo realmente complicado sería hacer un monólogo igual de ácido sobre los escándalos que rodean al Gobierno, sobre la corrupción que lleva meses ocupando titulares o sobre las contradicciones de esa izquierda a la que nunca parece encontrarle un motivo para gastar una broma. Ahí, curiosamente, el ingenio suele quedarse sin gasolina.
Lo peor no es que tenga una ideología, porque eso es perfectamente respetable. Lo preocupante es esa costumbre, cada vez más extendida, de llamar "facha" a cualquiera que discrepe. Defender la unidad de España, colocar una bandera en el balcón o cuestionar determinadas políticas no convierte a nadie en un extremista. Pero ese discurso simplón funciona porque evita debatir. Es mucho más cómodo desacreditar al que tienes enfrente que responder a sus argumentos. Y, de paso, uno se asegura el aplauso fácil de los convencidos.
Además, conviene no olvidar dónde se hizo ese monólogo. No fue en un teatro privado ni en una plataforma pagada por sus seguidores. Fue en RTVE, una televisión que sostienen todos los españoles con sus impuestos. También quienes esa noche fueron retratados poco menos que como un problema para el país. Y eso debería hacer reflexionar a más de uno, porque una televisión pública no está para alimentar trincheras, sino para representar a una sociedad que piensa de muchas maneras distintas.
Al final, uno tiene la sensación de que Manu Sánchez ya no busca tanto la carcajada como la ovación de los suyos. Y son cosas muy distintas. El buen humor suele repartir estopa sin preguntar de qué pie cojea cada uno. La propaganda, en cambio, siempre encuentra al mismo enemigo y siempre mira hacia otro lado cuando las críticas apuntan a los de casa. Quizá por eso su monólogo ha levantado tanta polémica. No porque fuera especialmente valiente, sino porque muchos vieron en él algo bastante menos noble que una actuación humorística: un discurso político disfrazado de chistes.