Otra vez la Vuelta a España se ha visto interrumpida por protestas políticas que nada tienen que ver con el deporte. Esta vez han sido doce los detenidos por una acción pro Palestina que, más allá del ruido mediático, vuelve a poner en el punto de mira a los aficionados que solo quieren disfrutar del ciclismo. Porque la pregunta es clara: ¿qué culpa tienen ellos de que algunos decidan convertir una competición deportiva en escenario de su propaganda?
Otra vez la Vuelta a España se ha visto interrumpida por protestas políticas que nada tienen que ver con el deporte. Esta vez han sido doce los detenidos por una acción pro Palestina que, más allá del ruido mediático, vuelve a poner en el punto de mira a los aficionados que solo quieren disfrutar del ciclismo. Porque la pregunta es clara: ¿qué culpa tienen ellos de que algunos decidan convertir una competición deportiva en escenario de su propaganda?
Podemos entender la indignación de muchos ante lo que ocurre en Oriente Próximo, pero una cosa es manifestar una postura política y otra muy distinta es boicotear un evento deportivo en el que participan atletas que, al fin y al cabo, son ciudadanos normales. Los ciclistas del equipo israelí no son Netanyahu, ni son responsables de las decisiones de su Gobierno; son profesionales que entrenan, compiten y se esfuerzan como cualquier otro.
Ojalá, si algún día se suspende una etapa de la Vuelta, sea por solidaridad con los corredores a los que se les impide competir en paz, no por culpa de desalmados que creen que el deporte es un escaparate para su radicalismo. Lo contrario sería tan absurdo como impedir a la selección de fútbol de Palestina disputar un partido porque alguien decide invadir el campo para dar lecciones de política.
El deporte debe ser un espacio de encuentro, no un campo de batalla ideológico. Convertir la carretera en un ring de protestas no aporta nada al país ni a la causa que se pretende defender; solo genera rechazo y deja en mal lugar a quienes, en teoría, buscan apoyo para su causa. Si de verdad quieren que la sociedad empatice con ellos, deberían empezar por respetar aquello que une a la gente: la pasión por el deporte.
La Vuelta merece respeto, los corredores merecen respeto y los aficionados merecen respeto. Y quienes confunden la política con la bicicleta deberían preguntarse si lo que hacen acerca posturas o, por el contrario, no hace más que alejar a la gente de su mensaje.