Pedro Sánchez ha vuelto a asegurar que no sabía nada, de lo que hacía Leire Díez, vamos que ni la conocía. Nada de esto, nada de aquello y nada de lo otro. A estas alturas, la sorpresa ya no es la explicación. La sorpresa es que todavía haya quien la compre.
Pedro Sánchez ha vuelto a asegurar que no sabía nada, de lo que hacía Leire Díez, vamos que ni la conocía. Nada de esto, nada de aquello y nada de lo otro. A estas alturas, la sorpresa ya no es la explicación. La sorpresa es que todavía haya quien la compre.
Resulta difícil encontrar un presidente que haya abusado tanto del "yo no sabía nada" como recurso político. Cada vez que estalla una nueva polémica, aparece la misma respuesta, la misma estrategia y el mismo intento de poner kilómetros de distancia entre él y cualquier asunto incómodo. Pero llega un momento en el que la acumulación de episodios acaba pesando más que cualquier declaración.
El verdadero problema de Pedro Sánchez ya no es una investigación, una grabación o una información concreta. Su problema es la credibilidad. Porque la confianza de los ciudadanos no se pierde de golpe, se pierde poco a poco, promesa incumplida tras promesa incumplida, rectificación tras rectificación y explicación tras explicación que termina generando más dudas que certezas.
Este presidente vive encerrado en una realidad paralela donde todo funciona perfectamente, donde nadie es responsable de nada y donde siempre existe un culpable alternativo al que señalar. Mientras tanto, los escándalos se suceden, las explicaciones llegan tarde y la sensación de deterioro institucional continúa creciendo.
La política exige asumir responsabilidades, no esconderse detrás de comunicados cuidadosamente redactados. Y cuando un gobernante necesita explicar constantemente que desconocía lo que ocurría a su alrededor, quizás el problema no sea lo que sabía o dejaba de saber. Quizás el problema sea que hace tiempo que dejó de resultar creíble para una parte muy importante de la sociedad española.