Lo que empezó como una investigación puntual sobre la esposa del presidente del Gobierno ha acabado convirtiéndose en un escándalo de proporciones preocupantes. El “caso Begoña Gómez” ya no es solo una cuestión personal o familiar: está alcanzando a empresarios, instituciones y miembros del círculo político más cercano al poder. Cada día que pasa, la causa gana peso judicial, mediático y, sobre todo, político. Y sin embargo, Pedro Sánchez permanece en La Moncloa como si aquí no pasara nada.
Lo que empezó como una investigación puntual sobre la esposa del presidente del Gobierno ha acabado convirtiéndose en un escándalo de proporciones preocupantes. El “caso Begoña Gómez” ya no es solo una cuestión personal o familiar: está alcanzando a empresarios, instituciones y miembros del círculo político más cercano al poder. Cada día que pasa, la causa gana peso judicial, mediático y, sobre todo, político. Y sin embargo, Pedro Sánchez permanece en La Moncloa como si aquí no pasara nada.
Resulta difícil de entender que, ante semejante terremoto institucional, el presidente no haya dado un paso al frente para ofrecer explicaciones claras y convincentes. No hablamos de rumores ni de invenciones, sino de un procedimiento judicial abierto que ya tiene imputaciones sobre la mesa. Pero Sánchez se limita a victimizarse y a esconderse tras la cortina de la polarización, como si la responsabilidad política fuese un concepto ajeno a su cargo.
Lo más grave es la sensación de impunidad que se está instalando. Mientras media España se ve arrastrada por el caso, el presidente actúa como si la transparencia fuese una opción, no una obligación. No basta con decir que todo es una campaña orquestada por la derecha o por medios críticos. La gente merece saber la verdad. Y lo merece desde el respeto a las instituciones, no desde la arrogancia de quien se cree por encima de ellas.
¿Dónde está la rendición de cuentas? ¿Dónde está el gesto que muestre algo de decencia política? Ni ha dimitido ni ha convocado elecciones, como sería razonable en cualquier democracia madura. Es una actitud vergonzosa que erosiona aún más la ya deteriorada confianza ciudadana en sus representantes.
Porque gobernar no es resistir por resistir. Gobernar es asumir responsabilidades, incluso cuando duelen. Especialmente cuando duelen. ¿Hasta cuándo va a seguir mirando hacia otro lado, señor Sánchez?