Lo que faltaba por oír: que una ministra defienda gobernar a golpe de reglamento para sacar adelante medidas sin el respaldo del Parlamento. No es una cuestión técnica ni de tiempos administrativos; es una forma de esquivar el debate y la mayoría que da sentido a una democracia parlamentaria. Cuando el procedimiento se convierte en atajo, algo chirría.
Lo que faltaba por oír: que una ministra defienda gobernar a golpe de reglamento para sacar adelante medidas sin el respaldo del Parlamento. No es una cuestión técnica ni de tiempos administrativos; es una forma de esquivar el debate y la mayoría que da sentido a una democracia parlamentaria. Cuando el procedimiento se convierte en atajo, algo chirría.
Elma Saiz sostiene que así se puede gobernar sin sobresaltos y que la Legislatura no caerá ni por la falta de Presupuestos ni por los casos de corrupción. “De ninguna manera”, dice. Pero gobernar no es solo resistir; es convencer, negociar y someterse al control de la Cámara. Lo demás suena más a trilerismo político que a liderazgo.
Resulta especialmente chocante que un Gobierno que se presentó como adalid de la memoria democrática ahora normalice prácticas que reducen el papel del Parlamento a un mero decorado. Darse golpes de pecho con símbolos del pasado y, a la vez, vaciar de contenido el presente institucional es una contradicción difícil de digerir.
No se trata de bloquear por bloquear, sino de respetar las reglas del juego. Si no hay mayorías, toca dialogar; si no hay Presupuestos, toca explicar por qué y asumir responsabilidades. Aferrarse al sillón no puede ser el programa de gobierno.
Porque al final, la democracia no es gobernar “como sea”, sino gobernar con límites. Y esos límites se llaman Parlamento, debate y votos. Sin ellos, el reglamento deja de ser herramienta y se convierte en coartada.