La denuncia presentada por Begoña Gómez contra Vito Quiles tras el altercado ocurrido en una cafetería ha vuelto a colocar el foco en un debate incómodo: hasta dónde llega el derecho a preguntar y dónde empieza realmente una agresión. Según las informaciones publicadas, Gómez formalizó denuncia ante la Policía Nacional y desde el entorno gubernamental se habla de acoso y agresión, mientras que las imágenes difundidas han generado una lectura muy distinta en parte de la opinión pública.
La denuncia presentada por Begoña Gómez contra Vito Quiles tras el altercado ocurrido en una cafetería ha vuelto a colocar el foco en un debate incómodo: hasta dónde llega el derecho a preguntar y dónde empieza realmente una agresión. Según las informaciones publicadas, Gómez formalizó denuncia ante la Policía Nacional y desde el entorno gubernamental se habla de acoso y agresión, mientras que las imágenes difundidas han generado una lectura muy distinta en parte de la opinión pública.
Porque una cosa es que un periodista resulte molesto, insistente o incómodo, y otra muy diferente es convertir una pregunta en una provocación que justifique empujones, forcejeos o reacciones desmedidas en plena vía pública. La política actual parece empeñada en confundir la incomodidad con la violencia y la falta de respuesta con el derecho a silenciar al mensajero.
A Vito Quiles se le podrá discutir el estilo, el tono o la oportunidad. Se podrá decir que persigue la noticia con una intensidad que no gusta a determinados sectores. Pero en una democracia madura, las preguntas no se responden apartando móviles, rodeando al informador o convirtiendo una escena pública en un espectáculo de tensión.
Si no se quiere contestar, basta con no hacerlo. El silencio también es una respuesta. Lo que no parece razonable es denunciar como agresión una situación en la que, al menos por lo que se ha visto públicamente, cuesta encontrar esa supuesta violencia por parte del periodista y sí se observa una reacción airada de quienes acompañaban a Begoña Gómez.
Lo verdaderamente grave no es que alguien pregunte. Lo preocupante es que preguntar empiece a considerarse una amenaza para el periodista.